domingo, 30 de agosto de 2015

Grass y Galeano al oído





Carlos YUSTI



     En literatura los universos paralelos se tocan. Han muerto dos escritores distintos en cuanto a su literatura, pero bastante similares en lo referente al compromiso de la escritura; de esa escritura al servicios de quienes son demolidos y humillados por esa maquinaria implacable de la historia.
     Leí bastante joven Las venas abiertas de América Latina y aunque era un ensayo de ajuste de cuenta contra el imperialismo estaba también narrado que el libro se dejaba leer como una novela fragmentada. El libro era un compendio mágico y extraordinario de la historia de Latinoamérica siempre saqueada y vejada desde tiempo inmemoriales. El libro estaba lejos de ser un panfleto y con el devenir de los años se convirtió en un clásico con mucho veneno histórica y la mejor literatura. Escribió otros muy buenos libros marcado con esa impronta política de inteligencia, poesía y crítica en las que en ocasiones se asoma el periodista y el buceador de historias, pero de esas historias tachada de la memoria y de los libros de historia. Cualquier libro de Eduardo Galeano posee el estilo de inigualable literatura.
Galeano como pudo se aferró a un concejo de Juan Rulfo: “La brevedad la aprendió de Juan Rulfo, que le dijo: "Se escribe por la otra punta del lápiz, la que tiene la goma de borrar". Y sus libros son como un collage de historias breves, de apuntes escritos en volandas con la precisión y exactitud de esa metáfora oculta en la cotidianidad. De todas sus historias y anécdotas hay una que el propio Galeano narra en una entrevista: “A finales de septiembre, en Perú, una maga me leyó la suerte. La maga me anunció: "Dentro de un mes recibirás una distinción". Yo me reí. Me reí por la palabra distinción, que tiene no sé qué de cómica, y porque me vino a la cabeza un viejo amigo del barrio, que era muy bruto pero certero, y que solía decir, sentenciando, levantando el dedito: "A la corta o a la larga, los escritores se hamburguesan".
    Si Eduardo Galeano buscaba la síntesis Günter Grass era todo lo contrario. Grass era un polígrafo y sus novelas son extensas como en el caso de novelas como: El tambor de hojalata,  El rodaballo o Años de perro. Sus libros tomaban algo de los cuentos de hadas tradicionales, pero luego el retorcía y amasaba todo aquello con una verborrea galopante y fluida para hurgar sin miramientos en las heridas; para volver sobre esa historia que Alemania sólo desea archivar en el desván del olvido. Grass como fue un escritor que a su vez fue testigo de los entuertos políticos de su época y en por ese razón fue el secretario, en el sentido balzaciano, de un tiempo histórico polifónico bastante tentador para un escritor con incontinencia literaria. Grass al igual que Galiano quería disipar la niebla del olvido, quería echar sal de la mejor literatura sobre las heridas, buscaba destronar las mentiras en todos sus frentes e incluso ventiló sus trapos sucios sin el menor recato. Grass siempre tuvo en cuenta que a veces los autores son menores, e incluso en cuanto a calidad, a sus libros o como él mismo lo escribió: “Los libros son más complejos y sin duda más ricos, cuando no más listos, que el autor, que sin duda ha participado en su nacimiento con perseverancia y a menudo gimiendo como un sometido a servidumbres físicas, y que no obstante recuerda que el manuscrito, especialmente cuando parece logrado, se cuenta a sí mismo y conoce impulsos más fuertes que la ambición del autor, motor que sólo sirve para tramos cortos. Por eso no diré nada muy profundo acerca de mis novelas, relatos o incluso poemas, pero sí quiero desnudar por un instante el yo del autor y su vulnerabilidad, esbozar sus movimientos evasivos, pero también decir algunas cosas sobre las condiciones de la escritura: por ejemplo, sobre un atril que va cambiando de lugar, y ello porque durante más de veinte años he visto Dinamarca, o más exactamente la isla de Mon, como un lugar maravillosamente hospitalario en cuya apartada ubicación se ha instalado, al principio improvisado sobre cajas, pero ahora ya de forma bastante estable, uno de mis tres atriles. Está en una habitación más bien diminuta, con vistas a una amplia pradera que da paso a las dunas de la playa, pradera sobre la que, aparte de un rebaño de terneras que rumian la hierba y el tiempo, grandes y pequeñas poblaciones de gansos salvajes ensayan su migración otoñal en incansables maniobras de despegue y aterrizaje”. 
    En la escritura de Grass y Galeano la historia se fue imponiendo a regañadientes. Grass parece que siempre estuvo huyéndole, pero siempre la historia  volvía como una pesadilla o como Grass escribe: “Desde que la escritura se convirtió para mí en proceso consciente -entretanto han pasado ya cincuenta años-, la Historia, sobre todo la alemana, se me ha interpuesto. No había forma de esquivarla. Hasta las escapadas artísticas más audaces volvían a llevarme, una y otra vez, a su transcurso meándrico. Desde mi primera novela, El tambor de hojalata, hasta el último hijo de mi capricho, que lleva el posesivo título de Mi siglo, yo he sido su rebelde servidor”.  
     La literatura tiene su ritmo y creo en esa profecía de Grass: “En definitiva, la novela de todos nosotros debe continuar. E incluso aunque un día no se escriba o pueda escribirse o imprimirse ya, cuando no se disponga ya de libros como medios de supervivencia, habrá narradores que nos hablarán al oído,…” Narradores como Grass y Galeano que nos hablaron a ese oído indispensable de la memoria.


viernes, 14 de agosto de 2015

Fuera del Instituto Benjamenta




Carlos YUSTI

Desde la niñez hasta la pubertad uno se siente vigilado. Los padres, familiares y demás anexos de la sociedad sueltan tras tus pasos la jauría vigilante de las expectativas. Todos esperan que uno madure, termines una carrera, etc. En fin que uno sea “algo” en la vida. Te educan, recortan tus uñas de los malos modales de tu espíritu y te anulan. Al final solo queda una especie de resumen de ser humano con horario de oficina, un perro, una esposa, unas pantuflas e hijos (no siempre en ese orden), es decir como un hombre de bien.

Recordar a ese pobre chico de la novela de Herman Hesse, “Bajo las ruedas”, es inevitable. Hans Giebenrath, un adolescente de un pueblito rural cuya aplicación en los estudios le permiten ser seleccionado para presentar el examen de admisión en un seminario en otra ciudad. Luego de una extenuante preparación y bajo mucha presión sale airoso del examen y comienza los estudios. Conoce a otro estudiante, algo descuadernado, que lo ilumina sobre las posibilidades aleatorias de la vida. El joven se descarrila y envuelto en la depresión abandona todo. Vuelve al pueblo para convertirse en un bueno para nada que ya no despierta interés alguno. El otro personaje pertenece a una novela de Walser.

El escritor Enrique Vilas-Mata, ante la pregunta ¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado ser?, respondió: “Jakob von Gunten, de Robert Walser, es un personaje que entra en un instituto donde enseñan a los ciudadanos a ser unos rotundos don nadie, hombres sin atributos de este mundo actual. Todos somos Jakob von Gunten que me niego a decir, pero digamos que me contento con decir que yo soy Jakob von Gunten al servicio de ustedes, como siempre”.

La novela Jakob von Gunten tiene como escenario el Instituto Benjamenta. Un centro de enseñanza algo inusual donde el alumnado, admiten solo varones, aprende a ser obediente y a servir, cualidades que le permitirán a los jóvenes ser subordinados de otros y aspirar a trabajos subalternos. “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito”.

He leído en la Internet sobre un país (sin duda invento de algún internauta) que se jacta de ser un territorio libre de analfabetismo, que ha creado varias universidades como por arte de magia. No hay profesores, sino facilitadores que a través de películas imparten las materias. El resultado es que en un semestre se gradúa un arsenal de personas en periodismo, enfermería, etc. Hay que admitirlo; ese es un país con futuro ya que estos nuevos profesionales forman parte de ese club selecto del Instituto Benjamenta.

La explicación a todo este intríngulis podría estar en un sueño que tiene Jakob von Gunten: “…Soñé que me había convertido en un hombre muy malo, perverso, ¿cómo así?, no lograba explicármelo. (…) Estaba gordo y, por lo visto, las cosas me iban viento en popa. Anillos centelleaban en los dedos de mis deformes manos, y de mi barriga pendían, negligentemente, quintales de carnosa dignidad. Me sentía plenamente autorizado a impartir órdenes y dar rienda suelta a mis caprichos. A mi lado, sobre una mesa ricamente servida, brillaban objetos dignos de una voracidad y dipsomanía insaciables, botellas de vino y licores, así como los más refinados platos fríos. (…) En los cuchillos y tenedores se habían pegado las lágrimas de mis enemigos ajusticiados, y al tintineo de los vasos se unían los sollozos de innumerables desgraciados; sin embargo, las estelas de las lágrimas solo me hacían reír, mientras que los sollozos de desesperación adquirían un sonido musical a mis oídos. Necesitaba música para amenizar el banquete, y la tenía. En apariencia, había hecho excelentes negocios a costa del bienestar de otros, lo cual me producía un gozo profundo y visceral”.

Desde hace mucho rato que estoy fuera del Instituto Benjamenta y hoy solo busco desaprender todo lo que intentan enseñarme o lo que a regañadientes he aprendido. Además el aforismo de Gesualdo Bufalino puede servir como salvavidas para que no seamos otra cruz a la intemperie en ese cementerio de la educación formal como Jakob o el desventurado Hans: “Mi incompetencia en el vivir roza lo sublime”.
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Carlos Yusti (Valencia-Venezuela, 1959). Es pintor y escritor. Cofundador del grupo Literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Su última exposición conceptual fue La Tapa del Frasco, revista-objeto, 2015. Ha publicado Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994), De ciertos peces voladores (1997). Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007); Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (Ediciones del Perro y la Rana, 2007) y Poéticas del ojo (editado por El perro y la rana, 2012) que reúne sus textos sobre arte. “A la brevedad posible” (Libro-objeto, ensayos-2015. 80 ejemplares numerados). “Cartografía del tahúr solitario”, (libro-objeto que consiste en 40 cartas de baraja. Ensayos/2016. 150 libros numerados) En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión.

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