El olvidado Sartre
Sartre visto por Yusti
Cuando era
adolescente "La Náusea" se convirtió para mí en un símbolo, en un
paradigma de protesta capital. Mal comprendida en su momento, por supuesto,
pero que innegablemente resultó como un puñetazo directo a mis sentidos, una
luz que iluminaba el túnel de mi juventud gris y desapasionada. Luego de leer
esa novela Jean Paul Sartre fue un escritor al que era necesario seguirle la
pista, rastrearlo a través de sus piezas teatrales, sus libros filosóficos, sus
ensayos literarios, conferencias y ese desmedido afán, que colindaba con el
vedettismo más descarado, de hacer coincidir su vida con los preceptos (o
recetas) libertarias que pregonaba y sus posiciones de pensador desfachatado,
bastante a contracorriente.
Además de
su portentosa obra, estaba su vida ruidosa, llena de manifestaciones, pancartas
y graffitis, que marcó de manera definitiva, por espacio de 40 años, el
ambiente cultural y político de Francia y el mundo. O sea con Sartre el
escritor y pensador desvió su mirada de los libros para fijarlos en el mundo,
desde ese momento la responsabilidad del escritor con su entorno social dejó de
ser un mito para convertirse en un hecho soluble y cotidiano. Lo escrito por
Francisco Umbral es poéticamente exacto: "Sartre no ha tenido mucho
futuro. Más bien ha sido olvidado, desconocido, para las generaciones
sucesivas, que han visto en él a un moralista, a un predicador, el gran pensador
de una causa, el sovietismo/estalinismo, que hoy está perdida.
Jean-Paul
Sartre, empero, es para nosotros el último pensador que usa como herramienta la
literatura. La literatura es quizá la más profunda forma de conocimiento, pero
los pensadores de después de Sartre, como los estructuralistas, Derrida, Lacan,
Baudrillard, etc. (con la excepción jubilosa de Roland Barthes), se han
enfangado en un pensamiento tecnológico que no es sólo pedantería, sino también
coquetería, una manera culta y ambigua de no definirse ideológicamente, incluso
de rechazar toda definición. En este sentido digo que Sartre (y Camus, aquel
Bogart de las ideas) es el último pensador literario, ensayista/artista.
En Jean
Paul Sartre confluyeron el literato, el filosofo y el intelectual comprometido,
sin mencionar al relacionista público y al afiebrado polígamo, con una vida
sexual rocambolesca. Sartre en vida cumplió con todos sus roles con la misma
intensa capacidad. Como literato su obra marea por lo abundante: novela, libros
de cuentos, memorias, ensayos críticos, obras teatrales y guiones de cine.
Sus obras
capitales en filosofía son "El ser y la nada" y "Crítica de la
razón dialéctica". Como hombre público estuvo al lado de los
manifestantes, vivió a media calle repartiendo el periódico "Combat",
en las aulas universitarias estuvo haciendo digresiones sobre el mundo, la
metafísica y el ser. Era incansable. En todo momento estuvo alerta y siempre
dispuesto a participar como ciudadano, animal político e intelectual. Todo
revuelto y sin delimitaciones de ninguna naturaleza.
Juan Nuño
observó con oportuna claridad, que detrás de ese Sartre notorio, especie de
vedette pública (o debo escribir púbica) del pensamiento, de ese Sartre
enamoradizo y holgado de tiempo para amar y dar la cara ante los requerimientos
políticos, sociales o culturales del día, estaba un Sartre bituminoso y tenaz.
Verdadera máquina humana de la escritura, quien recurría a las anfetaminas para
no detener su trabajo de escritura, la cual se prolongaba por días, noches y
semanas enteras. Y claro con toda esa actividad militante de pensador
pragmático, de enamorado braguetero, que encamó a una buena porción de
estudiantes, amas de casas, señoras del jet-set o el cine y una que otra cabeza
loca que pululaba por los ghettos de la liberación femenina, el amor libre, las
del sexo con neuronas (estilo Simone Beauvoi) y en esa tónica, no podía ser de
otra manera: la droga como motor y empuje para el trabajo intelectual.
Trabajo de
escritura, por otra parte, a destajo, y que en su conjunto parece no responder
a ningún patrón, convirtiéndose en una forma contundente para desechar una vida
normal apegada a los horarios, a las reglas domésticas del amor o a los
parámetros ortodoxos de la lucha política.
Su
activismo político (su rechazo al Nobel de literatura) no era más que una
altisonante proclama de hagoloquemedelagana, no era otra cosa que una manera
abierta de restregarles en sus narices a los literatos de salón y a los
filósofos de la oficialidad su desprecio por lo subjetivo, lo neutro; su
repulsa por todos aquellos pelmas eruditos que intentan elevarse por encima del
hombre común y de las contingencias cotidianas, haciendo gala de un espíritu
cultivado en la arrogancia y el intelecto sin otro norte que la aula universitaria
y la silla de la academia.
Después de
Sartre los oficios de escritor y filósofo dejaron de ser actividades inocentes
y rumiantes (por aquello de vacas sagradas) distanciadas del mundo ordinario
para devenir en una toma de partido que dejaba al descubierto todo la
peligrosidad que puede significar eso de pensar, o escribir, al servicio de lo
humano en todos sus estratos.
En lo
particular me ha resultado siempre más tolerable el Sartre dramaturgo y el
Sartre ensayista. El primero ha puesto en escena más que un tema, trabajado por
actores, todo una filosofía, todo un engranaje de problemas filosóficos y
éticos. Estas frases de Sartre, citadas por Riu en su libro, son más que
ilustrativas a este respecto: "...Lo más emocionante que el teatro puede
mostrar es un carácter en proceso de realización, el momento de la elección, de
la libre decisión que compromete una moral y toda una vida". Sus piezas
teatrales como "Las moscas", "A puerta cerrada", "Las
manos sucias", "Los secuestradores de Altona" y "La puta
respetuosa" fueron en su momento obras que gozaron de enorme éxito.
El Sartre
ensayista es fascinante porque sus trabajos en este género son verdaderos
monstruos, en cuanto a densidad y extensión: "San Genet, comediante y
mártir" y "El idiota de la familia". Libros en los cuales Sartre
despliega una elástica y variada gama conceptual donde, con impecable estilo
literario, va construyendo un aparataje filosófico bastante alejado del ensayo
literario cómodo, amanerado y manso confeccionado con los lugares comunes del
pensar académico. En el libro "El idiota de la familia", Flaubert es
un pretexto para abordar ese drama de la creación literaria y en un escrito de
más novecientas páginas Sartre apenas esboza una introducción sobre el
maniático torturado escritor de "Madame Bovary".
En su otro
kilométrico ensayo Jean Genet, un ladrón, presidario y homosexual, trasmutado
en escritor, dramaturgo y poeta , le sirve a Sartre para una extensa e
imbricada disertación sobre el mal y la santidad desde una óptica irreverente,
lúdica y por momentos poética.
El viaje
en el tiempo para los escritores no pasa en vano. Muchos se quedan en los
anaqueles polvorientos del olvido. Algunos conocen épocas de vigencias
inesperadas y otros sufren eclipses irremediables luego de un rutilante y
luminoso protagonismo. Sartre pertenece a esta última categoría: su vida y su
obra fueron intensas. Ningún otro escritor como Sartre, salvo Voltaire, ha
conocido protagonismo más exagerado y vapuleado. En vida todas las
instituciones querían tenerlo como conferencista, en la mayoría de las
universidades del mundo sus pensamientos y sus escritos eran material obligado
de estudio. No haber leído a Sartre era asunto bochornoso.
Hoy, sin
embargo, en esta transición postmoderna Sartre resulta un poco descosido, un
tanto aburridón, bodrio intelectual inleible. Octavio Paz y Juan Nuño saldaron
cuentas con él hace largo rato. Féderico Riu le dedicó un libro impecable.
Bueno, pues, si que hoy se lee más lo escrito sobre Sartre que a Sartre mismo.
Luego de una
descollante figuración la fama de Sartre ha colapsado. El entusiasmo hacia su
obra ha mermado bastante y pronto, quizá debido a que se convirtió en un
clásico insepulto, en un clásico vivo antes incluso de haber sido publicado por
la prestigiosa editorial "La Pléide". Santiago Kavadloff ha escrito:
"Se distingue, así mismo, el clásico por su condición de precursor. Es él
quien por primera vez expresa su tiempo en un estilo; no éste o aquel aspecto
de su tiempo, sino todo su tiempo. En una palabra y en forma exhaustiva, su
época se torna estrictamente inteligible. El clásico bautiza su hora, la nombra
primigeniamente, como nadie hasta él, la plasma, traza su órbita ideológica,
define sus modalidades, descubre sus propensiones, señala fracasos, enuncia logros.
Es él quien recorta verbalmente sus fronteras éticas, sociales, metafísica y
sicológicas".
Se vuelve
siempre a los clásicos del pensamiento porque su obra de alguna manera puede
servir para explicar nuestro momento histórico. La obra de Sartre, en este
saldo postmoderno, reaccionario y apático, tiene poco que ofrecer. Sin embargo,
como están las cosas a Sartre le esperan futuros y rutilantes despertares.


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