Carlos Yusti
El arte siempre ha tenido su galería de
raros de rigor. Artistas y escritores de distintos pelaje que se aproximan
bastante a la paradoja, que rozan a tal punto la caricatura que se convierten
en personajes imprescindibles para conocer la naturaleza humana y esa ansia de
formar parte de esa ruleta rusa del arte y la literatura.
En el arte parecen existir muchas
posibilidades, pero las más visibles son el fracaso rotundo en alguna
disciplina artística o ser el peor del gremio, pero a pesar de ello alcanzar
cierta notoriedad y prestigio.
En esa galería de pésimos notables está el
director de cine Edward. D. Wood Jr, el poeta William Topaz McGonagall y es
pecado venial no incluir a la cantante lírica Florence Jenkins Foster.
Edward D. Wood Jr., del quien Tim Burton
realizó una película sobre su vida, quiso ser director de cine y alcanzó su
sueño. Se especializó en películas serie “B” donde el misterio, el terror y lo
realmente singular fueron los ejes de unas cintas donde se notaba el bajo
presupuesto y la impericia estética del director. No obstante filmes como La
novia del monstruo, Glen o Glenda y, sobre todo, Plan 9 del espacio exterior,
hoy se consideran películas de culto no por sus inteligentes argumentos o sus
sobresalientes actores( un vidente, un luchador sueco, una presentadora de
televisión de películas de terror, una excavador de tumbas y una gloria en
decadencia del cine como Bela Lugosi), sino por sus carencias y errores
garrafales.
Cuando uno tiene 15 años es capaz de
escribir poemas almibarados y plenos de suspiros y primaveras, pero después uno
se disuade y se olvida de esa poesía mala que ni en los baños públicos. No
obstante el Poeta William Topaz MacGonagall a la edad de 47 años tuvo una
iluminación y se desató a escribir, sin haber leído poesía, y una de sus
primeras creaciones dice:
"El cerdo, si es que no estoy equivocado,
Nos da salchicha, jamón, tocino ahumado.
Por mucho que los demás no estén de acuerdo,
Me parece muy estúpido este cerdo".
Nos da salchicha, jamón, tocino ahumado.
Por mucho que los demás no estén de acuerdo,
Me parece muy estúpido este cerdo".
No contento con escribir poemas de un
sublime atroz se fijó como tarea ofrecer recitales. Como es lógico los locales
en los cuales se presentaba se abarrotaban. La gente iba a pasar un momento de
carcajada escuchando los poemas más horribles y las rimas más absurdas:
"En Nueva York comí salchichas de pork ..." Hoy en su Dundee natal en
Escocia se le festeja como una gloria incomparable y orgullosos sus habitantes
le dejan flores a su busto y saben que Topaz
MacGonagall es la suma de la mala poesía sin rival en el mundo.
Cantar es un arte complicado, aunque con la
tecnología actual cualquiera puede hacerse de una voz más o menos coherente en
armonías. El canto lírico es todavía mucho más exigente ya que se educa la voz
y el cuerpo para alcanzar notas altas de excelencia y prodigio. Florence Foster
Jenkins no tenía voz, pero como tenía dinero hizo todo lo posible por convertirse
en cantante lírica. Disuadida por familiares y amigos nunca hizo caso a las
críticas, ni siquiera cuando comenzó a dar recitales y los críticos musicales
la destrozaban. Patricio Lennard escribió: “Se puede cantar mal. Se puede
cantar pésimo. Pero no se puede cantar como Florence Foster Jenkins”. Por
Internet pueden encontrar grabaciones de esta mujer aferrada con vehemencia a
su arte.
Lo espantoso de su voz dio paso a la
leyenda. De los íntimos recitales privados entre amigos y conocidos fue
adquiriendo confianza y se presentó en el auditorio del Ritz-Carlton de Nueva
York.
Al cumplir los 72 años su noche de consagración
definitiva ocurriría en el Carnegie Hall, la sala estaba completamente hasta el
tope. Esa noche recaudó 6.000 mil dólares.
La gente pagó para reírse, otros por curiosidad y los más crueles para
abuchearla. Jenkins con una naturalidad
y una altivez de artista con dominio de su arte salió al escenario. Unas
ridículas alas de cartón brillante salían de su espalda. Acompañada de un
pianista inició su histórico recital. Durante espectáculo vocal hubo risas,
carcajadas, chiflidos, pero al final la cantante hizo la venia de gran diva del
canto y la sala estalló en un aplauso increíble. Foster Jenkins murió unas
semanas después convencida de su grandeza como cantante.
En una oportunidad Foster Jenkins dijo con pasmosa
naturalidad: “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá jamás
decir que no canté”. Ella está entre las pocas cantantes líricas que ha
interpretado el aria de la reina de la noche de la Flauta mágica de Mozart, un
verdadero reto para cualquier cantante lírica. Sin duda que ella masacra el
aria como nadie, pero nadie puede quitarle su coraje de haberla interpretado.
No sé que asusta más si esa persistencia
obstinada o ese no atreverse. En cualquier caso el arte es un gozo, un placer
que debería estar por encima de críticas y oscuros rencores de quienes nunca se
han atrevido a cantar, escribir o pintar; de quienes nunca se han atrevido a
pisar esa luz temblorosa de ser el mejor practicando una actividad artística de
la peor forma posible.


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