Alfredo Maneiro:política y pasión erudita
Un Andés Velásquez (bisoño) Alfredo Maneiro(centro) flanqueado por
Clemento Scotto.
Clemento Scotto.
Los filósofos de la Grecia clásica convirtieron la expresión oral en su
mejor carta de presentación. Hicieron de la plaza pública un aula virtual para
sus disertaciones y propuestas. No eran productores de opiniones, sino de ideas
y conceptos trascendentales sobre el mundo y los hombres. No escribieron nunca.
Además consideraban la palabra escrita como una abyección de la palabra oral.
Los filósofos griegos demostraron gran competencia en el dominio de la
comunicación hablada, como consecuencia de ese inigualable talento pronto
tuvieron seguidores y discípulos.
Alfredo Maneiro, el sempiterno fundador de ese experimento político que
se llamó La Causa R, emparentaba mucho con los filósofos de aquella Grecia del
diálogo, la democracia y la filosofía. Alfredo Maneiro fue un orador vehemente,
inteligente, memorioso. Jamás alardeaba de nada aunque había realizado su
respectiva pasantía por la guerrilla, era profesor universitario y se había
graduado summa cum laude en filosofía. Cuando su verbo generaba ideas te
envolvía con gran lucidez al punto tal que sus interlocutores se quedaban
boquiabiertos. Si relataba algo, uno, incrédulo, no sabía si estaba mintiendo
con enorme imaginación o diciendo la verdad con invenciones de su propia
cosecha. Cuando Alfredo Maneiro hablaba seducía de manera irremediable. Era
bajo, regordete y ágil como su verbo siempre perspicaz, punzante, creativo y
oportuno.
Maneiro, luego de toda su travesía revolucionaria, que se podría
denominar como dura, y de su ruptura con el MAS, quedó un tanto a la
intemperie. No obstante no iba a quedarse cruzado de brazos mientras el país
político se fragmentaba en muchos pedazos, y donde a las claras iban quedando,
en los puestos claves del poder, oportunistas y politicastros, además de ese
MAS dialogante y parlamentario. Por último estaban los sobrevivientes de las
guerrillas rumiando su derrota, escribiendo libros de sus andanzas y
desentendiéndose de todo quehacer social. Luego estaba una buena porción de
izquierdistas atrincherados en las universidades donde había más pasión y
tirapiedrismo que proyecto político de largo alcance. A modo grueso el país se
encontraba en un marasmo político algo difuso. Maneiro como una especie de
filósofo urbano fue nucleando simpatizantes y adeptos hasta consolidar un
movimiento sin ideología, pero con un proyecto claro para la toma del poder no
por la puerta de servicio. Para llegar a lo que fue en su momento de esplendor
La Causa R, Maneiro realizó tanteos y experiencias políticas heterodoxas. Así
nació Procatia, El Agua Mansa, Bafle y el Prag. Luego vendría el equipo de Los
Matanceros y El Nuevo Sindicalismo.
Alfredo Maneiro no escribió mucho, sin embargo en sus entrevistas,
artículos de opinión y discursos que se han recopilado (Notas políticas,
Ediciones El Agua Mansa) dejó pruebas de su agudeza mental, de su compleja
genialidad política.
Anotar que Alfredo Maneiro fue un político más es recuadrarlo de manera
simplista. Se podría argumentar que fue por sobre todo un pragmático de la
política. Más que teorizar le gustaba vivir la política desde la piel y la
entraña. No es casual que su tesis de grado abordara la figura nada cómoda de
Maquiavelo. Para corroborar esto hay una anécdota, algo distorsionada por el
trapicheo oral, que vale la pena relatar. Cuando Alfredo estuvo de vuelta en la
vida mundana y silvestre continuaba conspirando. En ese trance consiguió una buena
suma de dinero para adquirir armas. Viajó al exterior y realizó los contactos
pertinentes. Durante el viaje conoció a un viejo impresor europeo que estaba
rematando una maquinaria de impresión Heidelberg. Sin pensarlo mucho cerró el
trato con el impresor. Compró un arma poderosa y terrible: una imprenta. Cuando
los bisoños camaradas le reclamaban su falta de visión, Maneiro sólo exclamaba:
“Ustedes no están en capacidad para diferenciar una K-40 de una lavadora
automática”.
Las salidas retóricas y los malabarismos dialécticos de Alfredo Maneiro
siempre fueron brillantes. Por lo general le preguntaban cuál era la ideología
de La Causa R, y él respondía sin ambages: “Democrática en el sentido que le
daba Marx: cuando el movimiento revolucionario conquista el poder, conquista la
democracia. Ampliación y profundización de la democracia son los lineamientos
ideológicos de La Causa R”. Por supuesto que todo era retórica de la más
barata, pero Maneiro lo decía con tal convicción que pasaba como una verdad
inamovible y plausible. La Causa R era un partido estalinista en su estructura
que desconocía cualquier disidencia. En otra oportunidad le preguntaron sobre
el programa de gobierno y Maneiro a una velocidad impresionante contestó: “La
Constitución Nacional. Llevar a la práctica todo lo contemplado en nuestra
carta magna sería un acto radical y revolucionario”.
Con respecto a los intelectuales, donde él se incluía, claro, escribió:
“Los intelectuales quedarían libres de toda culpa si no fuera porque está entre
sus responsabilidades la de contribuir a dar un giro a la situación de
descomposición, fariseísmo, entrega, despolitización y frivolidad que sufre el
país (...). Cuando la ideología —llámese petróleo, betamax, Miami o pobreza
resignada— encandila hasta la ceguera al conjunto popular, alguien tiene que
contribuir a detener la ceguera o despejar la ilusión. Y ese —¿cuál otro?— es
el papel que le atribuimos a la inteligencia que queremos. Nada más ni nada
menos que lo que nos exigimos a nosotros mismos”.
Nunca fue una casualidad que su tesis de grado se enfocara en Nicolás
Maquiavelo, en el que confluyeron la teoría y la praxis política o, como lo
escribió el propio Maneiro: “...Maquiavelo el político, secretario del Consejo
y embajador, hacedor y deshacedor de entuertos, hubo de retirarse —o, de ser
retirado, que ambas cosas fue el caso— de la escena de los hechos para entrar
en el de la teoría (...). Maquiavelo no escribe sus memorias ni hace literatura
testimonial... Al contrario, Maquiavelo intenta la síntesis de la experiencia
de su época, trabaja en la memoria de la humanidad europea y lo hace con una
economía, capacidad de abstracción y sobre todo, claridad de intención tal, que
el resultado no sólo soporta la comparación con no importa cuál otro texto de
la teoría política, de la filosofía de praxis o de la llamada filosofía
social...”.
Maneiro, luego de salir de la clandestinidad, la cárcel y la montaña, no
se retira tampoco a escribir su librito testimonial sobre su experiencia como
guerrillero, no se deja ganar ni por la frustración, o la nostalgia, sino que
teoriza, organiza, busca aliados y de esa manera prepara una nueva trinchera de
lucha más acorde con los tiempos contemporáneos.
Fue un filósofo a su modo. Un Maquiavelo exquisito. Un inspirado del
marxismo. Como intelectual estuvo siempre tratando de cambiar la realidad. Era
un político culto. Un pequeñoburgués que fumaba puros y que leía a los
clásicos. Fue un maestro del arte político en su más excelso sentido. Sus
alumnos y deudos políticos son una mierda lastimera.
Le sobró inteligencia, claridad y visión. Entre tanta chatarra y
hojalata retórica de los politicastros brutazos de hoy, habría que rescatar el
metal reluciente de sus ideas y opiniones. Sus seguidores le deben una lectura
más política que luctuosa. Para terminar, una frase de Alfredo Maneiro que a
los politicastros de hoy, expertos en el camaleonismo o cambios de chaqueta,
les va de perlas: “Tenemos que desconfiar de esos cruzados que van a Tierra
Santa montados en la grupa del caballo Saladino, de esa gente que abotona el
florete y hace digerible su reforma, de esos tardíos alumnos de Lampedusa”.


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