miércoles, 16 de diciembre de 2015

Alfredo Maneiro:política y pasión erudita


Alfredo Maneiro:política y pasión erudita
Un Andés Velásquez (bisoño) Alfredo Maneiro(centro) flanqueado por 
Clemento Scotto.

Los filósofos de la Grecia clásica convirtieron la expresión oral en su mejor carta de presentación. Hicieron de la plaza pública un aula virtual para sus disertaciones y propuestas. No eran productores de opiniones, sino de ideas y conceptos trascendentales sobre el mundo y los hombres. No escribieron nunca. Además consideraban la palabra escrita como una abyección de la palabra oral. Los filósofos griegos demostraron gran competencia en el dominio de la comunicación hablada, como consecuencia de ese inigualable talento pronto tuvieron seguidores y discípulos.
Alfredo Maneiro, el sempiterno fundador de ese experimento político que se llamó La Causa R, emparentaba mucho con los filósofos de aquella Grecia del diálogo, la democracia y la filosofía. Alfredo Maneiro fue un orador vehemente, inteligente, memorioso. Jamás alardeaba de nada aunque había realizado su respectiva pasantía por la guerrilla, era profesor universitario y se había graduado summa cum laude en filosofía. Cuando su verbo generaba ideas te envolvía con gran lucidez al punto tal que sus interlocutores se quedaban boquiabiertos. Si relataba algo, uno, incrédulo, no sabía si estaba mintiendo con enorme imaginación o diciendo la verdad con invenciones de su propia cosecha. Cuando Alfredo Maneiro hablaba seducía de manera irremediable. Era bajo, regordete y ágil como su verbo siempre perspicaz, punzante, creativo y oportuno.
Maneiro, luego de toda su travesía revolucionaria, que se podría denominar como dura, y de su ruptura con el MAS, quedó un tanto a la intemperie. No obstante no iba a quedarse cruzado de brazos mientras el país político se fragmentaba en muchos pedazos, y donde a las claras iban quedando, en los puestos claves del poder, oportunistas y politicastros, además de ese MAS dialogante y parlamentario. Por último estaban los sobrevivientes de las guerrillas rumiando su derrota, escribiendo libros de sus andanzas y desentendiéndose de todo quehacer social. Luego estaba una buena porción de izquierdistas atrincherados en las universidades donde había más pasión y tirapiedrismo que proyecto político de largo alcance. A modo grueso el país se encontraba en un marasmo político algo difuso. Maneiro como una especie de filósofo urbano fue nucleando simpatizantes y adeptos hasta consolidar un movimiento sin ideología, pero con un proyecto claro para la toma del poder no por la puerta de servicio. Para llegar a lo que fue en su momento de esplendor La Causa R, Maneiro realizó tanteos y experiencias políticas heterodoxas. Así nació Procatia, El Agua Mansa, Bafle y el Prag. Luego vendría el equipo de Los Matanceros y El Nuevo Sindicalismo.
Alfredo Maneiro no escribió mucho, sin embargo en sus entrevistas, artículos de opinión y discursos que se han recopilado (Notas políticas, Ediciones El Agua Mansa) dejó pruebas de su agudeza mental, de su compleja genialidad política.
Anotar que Alfredo Maneiro fue un político más es recuadrarlo de manera simplista. Se podría argumentar que fue por sobre todo un pragmático de la política. Más que teorizar le gustaba vivir la política desde la piel y la entraña. No es casual que su tesis de grado abordara la figura nada cómoda de Maquiavelo. Para corroborar esto hay una anécdota, algo distorsionada por el trapicheo oral, que vale la pena relatar. Cuando Alfredo estuvo de vuelta en la vida mundana y silvestre continuaba conspirando. En ese trance consiguió una buena suma de dinero para adquirir armas. Viajó al exterior y realizó los contactos pertinentes. Durante el viaje conoció a un viejo impresor europeo que estaba rematando una maquinaria de impresión Heidelberg. Sin pensarlo mucho cerró el trato con el impresor. Compró un arma poderosa y terrible: una imprenta. Cuando los bisoños camaradas le reclamaban su falta de visión, Maneiro sólo exclamaba: “Ustedes no están en capacidad para diferenciar una K-40 de una lavadora automática”.
Las salidas retóricas y los malabarismos dialécticos de Alfredo Maneiro siempre fueron brillantes. Por lo general le preguntaban cuál era la ideología de La Causa R, y él respondía sin ambages: “Democrática en el sentido que le daba Marx: cuando el movimiento revolucionario conquista el poder, conquista la democracia. Ampliación y profundización de la democracia son los lineamientos ideológicos de La Causa R”. Por supuesto que todo era retórica de la más barata, pero Maneiro lo decía con tal convicción que pasaba como una verdad inamovible y plausible. La Causa R era un partido estalinista en su estructura que desconocía cualquier disidencia. En otra oportunidad le preguntaron sobre el programa de gobierno y Maneiro a una velocidad impresionante contestó: “La Constitución Nacional. Llevar a la práctica todo lo contemplado en nuestra carta magna sería un acto radical y revolucionario”.
Con respecto a los intelectuales, donde él se incluía, claro, escribió: “Los intelectuales quedarían libres de toda culpa si no fuera porque está entre sus responsabilidades la de contribuir a dar un giro a la situación de descomposición, fariseísmo, entrega, despolitización y frivolidad que sufre el país (...). Cuando la ideología —llámese petróleo, betamax, Miami o pobreza resignada— encandila hasta la ceguera al conjunto popular, alguien tiene que contribuir a detener la ceguera o despejar la ilusión. Y ese —¿cuál otro?— es el papel que le atribuimos a la inteligencia que queremos. Nada más ni nada menos que lo que nos exigimos a nosotros mismos”.
Nunca fue una casualidad que su tesis de grado se enfocara en Nicolás Maquiavelo, en el que confluyeron la teoría y la praxis política o, como lo escribió el propio Maneiro: “...Maquiavelo el político, secretario del Consejo y embajador, hacedor y deshacedor de entuertos, hubo de retirarse —o, de ser retirado, que ambas cosas fue el caso— de la escena de los hechos para entrar en el de la teoría (...). Maquiavelo no escribe sus memorias ni hace literatura testimonial... Al contrario, Maquiavelo intenta la síntesis de la experiencia de su época, trabaja en la memoria de la humanidad europea y lo hace con una economía, capacidad de abstracción y sobre todo, claridad de intención tal, que el resultado no sólo soporta la comparación con no importa cuál otro texto de la teoría política, de la filosofía de praxis o de la llamada filosofía social...”.
Maneiro, luego de salir de la clandestinidad, la cárcel y la montaña, no se retira tampoco a escribir su librito testimonial sobre su experiencia como guerrillero, no se deja ganar ni por la frustración, o la nostalgia, sino que teoriza, organiza, busca aliados y de esa manera prepara una nueva trinchera de lucha más acorde con los tiempos contemporáneos.
Fue un filósofo a su modo. Un Maquiavelo exquisito. Un inspirado del marxismo. Como intelectual estuvo siempre tratando de cambiar la realidad. Era un político culto. Un pequeñoburgués que fumaba puros y que leía a los clásicos. Fue un maestro del arte político en su más excelso sentido. Sus alumnos y deudos políticos son una mierda lastimera.
Le sobró inteligencia, claridad y visión. Entre tanta chatarra y hojalata retórica de los politicastros brutazos de hoy, habría que rescatar el metal reluciente de sus ideas y opiniones. Sus seguidores le deben una lectura más política que luctuosa. Para terminar, una frase de Alfredo Maneiro que a los politicastros de hoy, expertos en el camaleonismo o cambios de chaqueta, les va de perlas: “Tenemos que desconfiar de esos cruzados que van a Tierra Santa montados en la grupa del caballo Saladino, de esa gente que abotona el florete y hace digerible su reforma, de esos tardíos alumnos de Lampedusa”.

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Carlos Yusti (Valencia-Venezuela, 1959). Es pintor y escritor. Cofundador del grupo Literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Su última exposición conceptual fue La Tapa del Frasco, revista-objeto, 2015. Ha publicado Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994), De ciertos peces voladores (1997). Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007); Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (Ediciones del Perro y la Rana, 2007) y Poéticas del ojo (editado por El perro y la rana, 2012) que reúne sus textos sobre arte. “A la brevedad posible” (Libro-objeto, ensayos-2015. 80 ejemplares numerados). “Cartografía del tahúr solitario”, (libro-objeto que consiste en 40 cartas de baraja. Ensayos/2016. 150 libros numerados) En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión.

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