«Donde
quiera que estemos lo que oímos más frecuentemente es ruido. Cuando lo
ignoramos no molesta. Cuando lo escuchamos lo encontramos fascinante».
Jhon Cage
Carlos Yusti
En el exhaustivo
libro, una historia de la lectura de Alberto Manguel cuenta como San Agustín
descubre al primer lector silencioso en la persona del obispo Ambrosio,
canonizado mucho tiempo después al igual que San Agustín. Al parecer era
costumbre leer en voz alta, no obstante Ambrosio tenía una particular manera
leer y en sus confesiones San Agustín escribe que cuando él leía sus ojos
recorrían las páginas y su corazón penetraban el sentido; mas su voz y su
lengua descasaban. Manguel explica que debido a que los libros se leían en voz
alta no era necesario separar las letras que conformaban unidades fonéticas,
sino que se enlazaban unas a otras en frases sin solución de continuidad. De
alguna manera esa lectura silenciosa realizada por Ambrosio iba a ser decisiva
en la construcción textual de los libros impresos como los conocemos en la
actualidad.
En nuestros días
el silencio nunca se ha valorado en su justa medida. Absorbidos y triturados
por el bullicio constante tenemos esa vaga noción de que el silencio no existe.
En la antigüedad (y quizá hoy en puntuales organizaciones espirituales) algunas
sectas o escuelas filosóficas, sobre todo orientales, basaron sus fundamentos
en el silencio. La contemplación y el más alto grado de meditación tenía como
precepto básico desechar por completo el lenguaje. George Steiner escribre: «El
santo, el iniciado, no sólo se aleja de las tentaciones de las acciones
mundanas; se aleja también del habla. Su retiro a la cueva de la montaña o la
celda monástica es el ademán externo de su silencio». Desechar las palabras
para ir en busca del silencio tiene hoy ese toque místico (y hasta exótico) y
es considerado cono bisutería orientalista a la que echan mano muchos
escritores de autoayuda.
Algunos
compositores como John Cage consideran al silencio como parte esencial en su
obra. Por Internet se pueden escuchar dos de las piezas más emblemática de este
compositor como lo son 4'33'' y 0'00''.
Con respecto a estas piezas Cage ha dicho en una entrevista: «La primera
4'33'', es para uno o varios músicos que no producen sonidos. La segunda
0'00'', indica que una obligación respecto de otro debe ser cumplida, parcial o
totalmente, por una sola persona».
El escritor Heinrich Böll tiene un cuento, los silencios
del Dr. Murke, que cuenta la rara peripecia de coleccionador de silencios. El
doctor Murke es un hombre gris sin ningún encanto especial, era gradudado en
algo y trabajaba en la radio. Hastiado de su monótona y ruidosa vida optó por
coleccionar esos espacios en blanco que sucedian en una entrevista, en ese
hueco antes de sonar un disco, etc. Murke se dio a la tarea de recortar esos
espacios de silencios para confeccionar una cinta que luego escuchaba en
solitario en su casa. Un día alguien en la emisora le preguntó que rayos hacía
“... Es que colecciono un tipo especial de recortes. –¿Qué tipo de recortes? –
preguntó Humkoke. –Silencios – dijo Murke–, colecciono silencios.”
Leer un libro
necesita de tiempo, un mínimo espacio y de algo de silencio. Recuerdo mi
juventud en el barrio en el crecí. Me miro tumbado en el sofá de la sala
aislado del mundanal ruido del barrio, del dolor sonoro de muchos vecinos, de
la alegría, de un disparo retumbando a lo lejos, de una fiesta ruidosa cuatro
calles más allá, del grito de la vecina en feroz discusión con el marido, del
ritmo jadeante de alguna pareja amparada en la oscuridad de la calle, todo esa
sonoridad vital se reducía o se apagaba del todo cuando mis ojos, pero sobre
todo mi corazón, recorrían la página buscando desentrañar el sentido de las
frases, tratando de comprender las complejas rutas de la memoria y la
imaginación.
Si al igual que el
Dr. Murke, fuésemos capaz de capturar ese silencio de las lecturas, de los
muchos libros leídos, de seguro se podría comprobar que el mundo tiene un
sonido vital constante tan necesario como ese silencio igual de escurridizo o
como lo expresó Jhon Cage que sabía un poco más del sonido que yo: “La
experiencia del sonido que prefiero sobre todos los demás es la experiencia del
silencio. Y el silencio en casi todas partes del mundo ahora es el tráfico. Si
escucha a Beethoven o a Mozart, ve que son siempre lo mismo. Pero si escucha el
tráfico, ve que es siempre diferente.”
Ese silencio
impregnado de palabras sucede en el momento que nuestros ojos recorren la
página del libro y es bastante diferente cuando leemos en la Tablet (o en el
computador) en la que por lo general la música está de fondo (o hay un sonido
mínimo del dispositivo electrónico).
El silencio es
terrible ya que puede llevar a cualquiera a encontrar el abismo de su propia
interioridad. En un relato distorsionado de Kafka sobre el Odiseo homérico este
asegura que: “Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el
canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se
hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio”.

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