Sherezade
en el barrio
Gracias al señor Jaime, un singular librero e inusual vendedor de libros
usados, adquirí por una bagatela los dos
tomos de “La mil y una noches”, impresos en la ancestral tradición artesanal y
refilados a mano. La traducción es de Vicente Blasco Ibáñez, ese mítico
escritor que murió con una buena cimentada fama, mucho dinero y que hoy todavía
no caído en el olvido. Además la edición viene acompañada con una serie de
ilustraciones a color que son ya una obra de arte en sí misma.
Como es lógico tengo este libro más como adorno y metáfora de la literatura
como salvación. Lo Leí hace años en una versión corsaria y de bolsillo editada
en la argentina. Luego he comprado ediciones menos espurias.
La historia principal, que es el tronco que sustenta la ramificación
de otros cuentos, siempre me resultó
fascinante. La doncella Shahrazad (o Sherezade) decide desposar al Sultán para
salvar a sus hermanas, a sabiendas que éste se casa con una doncella en la
noche y a la mañana siguiente ordena que la decapiten. Shahrazad tiene, además
de su juventud y belleza, una arma secreta: es una competente contadora de
historias. Arte que quizá aprendió de los narradores orales, que por algunas
monedas hechizaban y encantaban a los transeúntes en el mercado relatando
historias fantásticas y maravillosas.
La estratagema de la doncella para sobrevivir es archiconocida. Narra
una historia que atrapa la atención de Sultán y la deja inconclusa al despuntar
el nuevo día. El Sultán si mata a la doncella no sabrá el desenlace de la
historia y entonces decide esperar a la noche siguiente para conocer el final.
Así durante mil y una noches Shahrazad fue narrando historias para llegar al
día siguiente. En el entretanto el Sultán se enamora y entonces la doncella
cuenta la historia de un Sultán desquiciado que cada noche desposaba a una
joven y la decapitaba al día siguiente. El Sultán con horror comprende su
infamia y desiste de su insensatez.
No creo en estadísticas, pero existe un alto porcentaje de personas que
se han salvado gracias a la lectura y la literatura. En mi caso me crié en un
barrio zona roja. Tuve la lectura como un medio eficaz para escabullirme de una
realidad que te erizaba la piel. Por lo general andaba con un libro bajo en el
brazo, especie de amuleto para conjurar los demonios de un mundo en la cual la
gente se las ingeniaba para sobrevivir. Por supuesto que los perdedores de la
peor calaña, apostados en las esquinas, me veían como una posibilidad, como una
oportunidad que ellos habían perdido hace tiempo y me dejaban en paz e incluso
de malas maneras buscaban brindarme protección.
El escritor Anthony Burgess dijo: “La cárcel está llena de hombres y
mujeres que jamás leyeron un libro”. Leer libros y conocer historias también
ayuda en menesteres más cotidianos. Hoy el mundo desde todos los ángulos quiere
que nadie piense, quiere que todo el mundo se conforme con lugares comunes y
mensajes publicitarios, quiere que estemos sujetos a la silla eléctrica de las
directrices oficiales. La lectura amplia todos los horizontes ya que un hombre
que lee es un hombre que piensa, duda y no se regodea en el conformismo. La
lectura también comporta un riesgo por aquello escrito por Juan Villoro: “La
lectura es como el paracaidismo: en condiciones normales la practican algunos
espíritus arriesgados, pero en caso de emergencia le salva la vida a
cualquiera”.
Quizá Don Quijote, Los Tres Mosqueteros, Leopold Bloom, Doña Bárbara y
muchos otros personajes de ficción no impidan que la cizaña de la muerte toque
el hilo de asombro en nuestra mirada, pero de seguro que a través de la
literatura tenemos un oportunidad de ganarle un día más. Un nuevo día
imprescindible para contarlo y que algunos otros necesitan con urgencia
escribir. No por azar escribió Borges: “Pese a los infortunios y a los azares,
a las metamorfosis y a los demonios, el caudaloso tiempo de Shahrazad nos deja
un sabor que no es menos raro en los libros que en la vida. El sabor de la
dicha”.
La dicha para mi fui estar tumbado en el sofá de sala leyendo historias
de califas, ladrones y lámparas maravillosas, mientras en el barrio se
entretejían las historias de ese mundo en el que la realidad a veces muerde
grandes trozos de ficción como la señora Rosa que tuvo sola parto de morochos
en su rancho durante una tenebrosa tormenta eléctrica y por esa razón la calle
se llama El milagro, o de Hugo que se electrocutó manipulando cables de luz y
después mucha gente decía haberlo visto luminoso y feliz por el barrio, o de
Iris una lesbiana que en los carnavales asumía su rol femenino: labios rojos,
falda corta y un escote sensual que volvía locos a los hombres de amor por
ella.
Al final uno entiende que la vida sólo sirve para aclararle a uno los
libros, que lo va situando en ese precipicio donde la lectura no es un
peligroso salto al vacío, sino un espectacular viaje hacia la memoria y la imaginación.

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