lunes, 25 de abril de 2016

EL QUIJOTE DE AVELLANEDA


EL QUIJOTE DE AVELLANEDA

“Al lector desprejuiciado y curioso (el lector por antonomasia) que se acerque a esta obra le espera una sorpresa. Desde las primeras páginas se verá ante una obra bien escrita, muy divertida, desvergonzada... y asombrosamente respetuosa con la de Cervantes. Respetuosa porque es perfectamente coherente con el hilo argumental de la primera entrega, y hace un buen ejercicio de continuación”.
José Antonio Millán





Carlos Yusti



El 23 de abril de cada año se celebra el día del idioma y por supuesto el Quijote escrito por Cervantes, no obstante el otro Quijote, el de Avellaneda apenas se menciona.

Antes de la publicación de su obra magna, como lo es Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) era lo que se dice un escritorzuelo del montón. Eclipsado por un conjunto de autores, con un dominio bastante excepcional de la prosa y el verso, Cervantes no encuentra su tono, ni la musa ni la suerte parecen estar de su lado.

Por esa razón decide probar suerte escribiendo teatro. Como autor teatral tampoco brilló mucho debido a que Lope de Vega era el dramaturgo que daba la hora para ese momento. En fin que Cervantes, era un redomado fracasado tanto como soldado, poeta, novelista y escritor dramático. Hasta como funcionario le fue fatal.

En 1594 se le encargó el cobro de los tributos en el reino de Granada. Durante tres años se dedicó a tarea tan poco espiritual. Depositó lo recaudado en un banco de Sevilla, que a los pocos días se declaró en quiebra y Cervantes al no poder rendir cuentas fue a parar a la cárcel, de dónde salió tres meses después bajo fianza. Por esas fechas comienza a escribir el Quijote.

En el año 1605 se publica en Madrid la primera parte de "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. El éxito del libro fue inesperado, incluso para su autor. Pasaron los años y la gente pedía con entusiasmo la segunda parte en la que presuntamente trabajaba Cervantes.

Emiliano M. Aguilera en el prólogo del libro, "Nuevas andanzas del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", de Alfonso Fernández de Avellaneda informa: "Nueve años después de aparecida la primera parte del Quijote cervantino y uno antes de que la segunda viese la luz, un novelista que decía ser licenciado y llamarse Alonso Fernández de Avellanada publicó en Tarragona, con los correspondientes permisos eclesiásticos e impreso en los talleres de Felipe Roberto, un segundo tomo del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras".

Desde la aparición del libro de Avellaneda, conocido también como el Quijote apócrifo, ni su autor ni el libro gozaron de popularidad alguna y menos todavía al publicarse en el 1615, la segunda parte escrita por Cervantes, que agotó en un año la primera edición realizada por Juan de la Cuesta en Madrid.

Sobre Alonso F. Avellaneda se han producido infinidad de conjeturas y pesquisas, las cuales barajan algunos nombre, pero nada solido se ha decido todavía. Algunos señalan como el cerebro de plan tan elaborado fue Lope de vega, enemigo declarado de Cervantes.

Con el correr del tiempo el Quijote de Avellaneda se convirtió en un libro si se quiere maldito. Su autor fue tachado de advenedizo, resentido y envidioso. En el prólogo escrito por el propio Avellaneda explica las razones que lo impulsaron para escribirlo y de paso aprovecha la oportunidad para clavarle algunas banderillas críticas a Cervantes: “COMO casi es comedia toda la historia de don Quijote de Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así, sale al principio desta segunda parte de sus hazañas éste, menos cacareado y agresor de sus letores que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra y más humilde que el que segundó en sus Novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas. No le parecerán a él lo son las razones desta historia, que se prosigue con la autoridad que él la comenzó y con la copia de fieles relaciones que a su mano llegaron —y digo mano pues confiesa de sí que tiene sola una;20 y hablando tanto de todos,21 hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos,22 tiene más lengua que manos—; pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte. Avellaneda buscaba, aparte de dinero, un poco de la fama que el Quijote Cervantino había deparado a su autor”.

Lo cierto de todo este asunto es que el libro no tuvo resonancia de ningún tipo, al punto tal que tardó más de un siglo en imprimirse de nuevo en castellano por allá en el año de 1732, también existía una versión francesa de 1702, cuya traducción al francés fue hecha por el escritor Le Sage.

Algunos escritores españoles vieron en el Quijote de Avellaneda una intervención directa del Santo Oficio, que buscaba sustituir el Quijote liberal de Cervantes por un Quijote más apegado a los preceptos ortodoxos de la iglesia.

Nabokov han expresado en su estudio sobre el Quijote cervantino, que Cervantes no le interesaban las cuestionares religiosas y que el libro en unos pasajes era en extremo cruel. Por su parte Marthe Robert escribe: “Al pretender elevar su baratija literaria a la altura de una teología, por el contrario, corre el riesgo de perder mucho de su dignidad. Este resultado secundario de la imitación le proporciona una argumentación a la crítica humanista que en Cervantes ante todo un hombre del Renacimiento, un pionero del racionalismo moderno que emprendió con su mente y su talento una lucha sorda contra el oscurantismo de su época”.

El Quijote de Cervantes es una novela prolífica y caótica, el de Avellaneda es más coherente y versátil. Además, es bueno dejar claro que Avellaneda no imitó el Quijote cervantino, sino que se sirvió de los personajes principales, para escribir una continuación con una atmósfera y con un estilo propio.

Avellaneda elimina algunos personajes, convierte al Quijote en el caballero desenamorado y otros aspectos por el estilo. Su narración es directa, aunque bastante lenta. Los personajes pierden su halo irreal y se hacen más corrientes y descarnados. Los diálogos no poseen sutileza y rozan la escatología castiza sin pruritos intelectuales.

Jorge Luis Borges en algún texto enumeró como una de esas magias parciales del libro de Cervantes, que los personajes sean lectores del Quijote e incluso del Quijote de Avellaneda y, que, además, emitan opiniones y juicios traspapelando la realidad y la ficción. Como sucede en la segunda parte: "Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don Quijote, y sin responder palabra comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le volvió diciendo: "En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera, en algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza se llama Mari Gutierrez, y no llama tal, sino Teresa Panza".

Nabokov ha escrito que Cervantes critica en el autor del Quijote espurio, errores y descuidos que él mismo cometió en proporciones alarmantes sea por falta de inspiración, cansancio etc. O como lo escribe Nabokov: "Al escribir la obra, Cervantes parece haber pasado por fases alternativas de lucidez y vaguedad, planificación meditada y descuido desaliñado, del mismo modo que su protagonista está loco a trozos. La intuición lo salvó".

Al parecer mientras escribía la segunda parte del libro no tuvo a la mano la primera parte y recordó el libro de manera desordenada y a fogonazos como lo hubiese hecho un lector común y como quizá lo recordó Avellaneda.

En el Quijote de Avellaneda, según lo escrito por Segundo Serrano Poncela, los personajes eran como más terrestres, más mundanos. Don Quijote y Sancho dejaron de ser personajes trajeados de palabras y hazañas metafóricas para adquirir rasgos menos líricos y como más  cercanos a la cotidianidad.  Poncela escribe: "El honrado Avellaneda debió trazarse mentalmente un esquema a su modo del orbe cervantino. Tenía por delante un loco cuya singularidad estaba en confeccionar ciertos tipos de locuras y unos cuerdos que gozaban del disparate con un placer elemental y de superficie tal como en los pueblos se goza del espectáculo del tonto o el chiflado,."

Con esos personajes, un loco que se cree caballero andante, un glotón ordinario que vomita refranes y que le acompaña en su travesía enajenada, Avellaneda trató de allanar otro terreno narrativo, se apropió de los personajes creados por Cervantes y los movió desde una perspectiva normal, dando rienda suelta a una segunda parte más vulgar y realista, desechando lo quijotesco de la vida y presentando la existencia hispana de la época de manera desnuda y sin asomo alguno de humor o poesía. Ese puede ser el pecado de Avellaneda, no obstante su obra puede ser considerada hoy como la otra cara de la moneda de un personaje mucho más vital y grande que su autor.

Nabokov escribió que eso de considerar el Quijote como la mejor de todos los tiempos es una soberana tontería y que la verdad es que no es siquiera una de las mejores novelas del mundo, pero su protagonista es en si la invención más genial y extraordinaria de Cervantes.

La publicación del Quijote de Avellaneda ha sido para los cervantistas posteriores sólo un amago inútil, un artilugio vano. Jamás consideraron que Avellenada fue el primero en darle importancia al libro de Cervantes, es decir el primer cervantista que se interesó en la obra.

Para los escritores contemporáneos Cervantes no existía en lo absoluto. Ni Lope de Vega, ni Quevedo ni Baltasar Gracian se dieron por aludidos con la publicación del Quijote y mucho menos se preocuparon por su autor, cuya biografía es tan difusa como la España que recorre el caballero de la triste figura. Nabokov escribió: "Debemos, pues, imaginarnos a Don Quijote y su escudero como dos siluetas pequeñas que van caminando allá a lo lejos, sobre un fondo dilatado crepúsculo encendido, y cuyas negras sombras, enormes, y una de ellas especialmente flaca, se extiende sobre el campo abierto de los siglos y llega hasta nosotros".

Avellaneda tuvo la virtud de sentir la sombra de esas dos siluetas gigantescas y no pudo escapar al embrujo y es así que con, villana o ingenua intención, quiso escribir un Quijote más manejable a los esquemas mentales del hombre de su tiempo y se entregó a la tarea de escribir su espurio Quijote, prefigurando con ello a Pierre Menard, el personaje de Borges que quería escribir no otro Quijote, sino el Quijote.

Hoy día el acto de Avellaneda tiene más de metáfora que de acto vil, tiene más de poética literaria que de empresa quijotesca. El Quijote de Avellaneda ha pasado la prueba y hoy en día puede considerarse otra obra imprescindible de la literatura clásica española.

viernes, 22 de abril de 2016

Canto en el borde


Carlos Yusti
   


El arte siempre ha tenido su galería de raros de rigor. Artistas y escritores de distintos pelaje que se aproximan bastante a la paradoja, que rozan a tal punto la caricatura que se convierten en personajes imprescindibles para conocer la naturaleza humana y esa ansia de formar parte de esa ruleta rusa del arte y la literatura.
   En el arte parecen existir muchas posibilidades, pero las más visibles son el fracaso rotundo en alguna disciplina artística o ser el peor del gremio, pero a pesar de ello alcanzar cierta notoriedad y prestigio.
En esa galería de pésimos notables está el director de cine Edward. D. Wood Jr, el poeta William Topaz McGonagall y es pecado venial no incluir a la cantante lírica Florence Jenkins Foster.
    Edward D. Wood Jr., del quien Tim Burton realizó una película sobre su vida, quiso ser director de cine y alcanzó su sueño. Se especializó en películas serie “B” donde el misterio, el terror y lo realmente singular fueron los ejes de unas cintas donde se notaba el bajo presupuesto y la impericia estética del director. No obstante filmes como La novia del monstruo, Glen o Glenda y, sobre todo, Plan 9 del espacio exterior, hoy se consideran películas de culto no por sus inteligentes argumentos o sus sobresalientes actores( un vidente, un luchador sueco, una presentadora de televisión de películas de terror, una excavador de tumbas y una gloria en decadencia del cine como Bela Lugosi), sino por sus carencias y errores garrafales.
   Cuando uno tiene 15 años es capaz de escribir poemas almibarados y plenos de suspiros y primaveras, pero después uno se disuade y se olvida de esa poesía mala que ni en los baños públicos. No obstante el Poeta William Topaz MacGonagall a la edad de 47 años tuvo una iluminación y se desató a escribir, sin haber leído poesía, y una de sus primeras creaciones dice:
"El cerdo, si es que no estoy equivocado,
Nos da salchicha, jamón, tocino ahumado.
Por mucho que los demás no estén de acuerdo,
Me parece muy estúpido este cerdo".
   No contento con escribir poemas de un sublime atroz se fijó como tarea ofrecer recitales. Como es lógico los locales en los cuales se presentaba se abarrotaban. La gente iba a pasar un momento de carcajada escuchando los poemas más horribles y las rimas más absurdas: "En Nueva York comí salchichas de pork ..." Hoy en su Dundee natal en Escocia se le festeja como una gloria incomparable y orgullosos sus habitantes le dejan flores a su busto y  saben que Topaz MacGonagall es la suma de la mala poesía sin rival en el mundo.
   Cantar es un arte complicado, aunque con la tecnología actual cualquiera puede hacerse de una voz más o menos coherente en armonías. El canto lírico es todavía mucho más exigente ya que se educa la voz y el cuerpo para alcanzar notas altas de excelencia y prodigio. Florence Foster Jenkins no tenía voz, pero como tenía dinero hizo todo lo posible por convertirse en cantante lírica. Disuadida por familiares y amigos nunca hizo caso a las críticas, ni siquiera cuando comenzó a dar recitales y los críticos musicales la destrozaban. Patricio Lennard escribió: “Se puede cantar mal. Se puede cantar pésimo. Pero no se puede cantar como Florence Foster Jenkins”. Por Internet pueden encontrar grabaciones de esta mujer aferrada con vehemencia a su arte.
   Lo espantoso de su voz dio paso a la leyenda. De los íntimos recitales privados entre amigos y conocidos fue adquiriendo confianza y se presentó en el auditorio del Ritz-Carlton de Nueva York.
Al cumplir los 72 años su noche de consagración definitiva ocurriría en el Carnegie Hall, la sala estaba completamente hasta el tope. Esa noche recaudó 6.000 mil dólares.  La gente pagó para reírse, otros por curiosidad y los más crueles para abuchearla. Jenkins  con una naturalidad y una altivez de artista con dominio de su arte salió al escenario. Unas ridículas alas de cartón brillante salían de su espalda. Acompañada de un pianista inició su histórico recital. Durante espectáculo vocal hubo risas, carcajadas, chiflidos, pero al final la cantante hizo la venia de gran diva del canto y la sala estalló en un aplauso increíble. Foster Jenkins murió unas semanas después convencida de su grandeza como cantante.
   En una oportunidad Foster Jenkins dijo con pasmosa naturalidad: “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá jamás decir que no canté”. Ella está entre las pocas cantantes líricas que ha interpretado el aria de la reina de la noche de la Flauta mágica de Mozart, un verdadero reto para cualquier cantante lírica. Sin duda que ella masacra el aria como nadie, pero nadie puede quitarle su coraje de haberla interpretado.
   No sé que asusta más si esa persistencia obstinada o ese no atreverse. En cualquier caso el arte es un gozo, un placer que debería estar por encima de críticas y oscuros rencores de quienes nunca se han atrevido a cantar, escribir o pintar; de quienes nunca se han atrevido a pisar esa luz temblorosa de ser el mejor practicando una actividad artística de la peor forma posible.

martes, 19 de abril de 2016

El silencio de las lecturas




«Donde quiera que estemos lo que oímos más frecuentemente es ruido. Cuando lo ignoramos no molesta. Cuando lo escuchamos lo encontramos fascinante».
Jhon Cage

Carlos Yusti


En el exhaustivo libro, una historia de la lectura de Alberto Manguel cuenta como San Agustín descubre al primer lector silencioso en la persona del obispo Ambrosio, canonizado mucho tiempo después al igual que San Agustín. Al parecer era costumbre leer en voz alta, no obstante Ambrosio tenía una particular manera leer y en sus confesiones San Agustín escribe que cuando él leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraban el sentido; mas su voz y su lengua descasaban. Manguel explica que debido a que los libros se leían en voz alta no era necesario separar las letras que conformaban unidades fonéticas, sino que se enlazaban unas a otras en frases sin solución de continuidad. De alguna manera esa lectura silenciosa realizada por Ambrosio iba a ser decisiva en la construcción textual de los libros impresos como los conocemos en la actualidad.

En nuestros días el silencio nunca se ha valorado en su justa medida. Absorbidos y triturados por el bullicio constante tenemos esa vaga noción de que el silencio no existe. En la antigüedad (y quizá hoy en puntuales organizaciones espirituales) algunas sectas o escuelas filosóficas, sobre todo orientales, basaron sus fundamentos en el silencio. La contemplación y el más alto grado de meditación tenía como precepto básico desechar por completo el lenguaje. George Steiner escribre: «El santo, el iniciado, no sólo se aleja de las tentaciones de las acciones mundanas; se aleja también del habla. Su retiro a la cueva de la montaña o la celda monástica es el ademán externo de su silencio». Desechar las palabras para ir en busca del silencio tiene hoy ese toque místico (y hasta exótico) y es considerado cono bisutería orientalista a la que echan mano muchos escritores de autoayuda.

Algunos compositores como John Cage consideran al silencio como parte esencial en su obra. Por Internet se pueden escuchar dos de las piezas más emblemática de este compositor como lo son 4'33'' y  0'00''. Con respecto a estas piezas Cage ha dicho en una entrevista: «La primera 4'33'', es para uno o varios músicos que no producen sonidos. La segunda 0'00'', indica que una obligación respecto de otro debe ser cumplida, parcial o totalmente, por una sola persona».

El escritor  Heinrich Böll tiene un cuento, los silencios del Dr. Murke, que cuenta la rara peripecia de coleccionador de silencios. El doctor Murke es un hombre gris sin ningún encanto especial, era gradudado en algo y trabajaba en la radio. Hastiado de su monótona y ruidosa vida optó por coleccionar esos espacios en blanco que sucedian en una entrevista, en ese hueco antes de sonar un disco, etc. Murke se dio a la tarea de recortar esos espacios de silencios para confeccionar una cinta que luego escuchaba en solitario en su casa. Un día alguien en la emisora le preguntó que rayos hacía “... Es que colecciono un tipo especial de recortes. –¿Qué tipo de recortes? – preguntó Humkoke. –Silencios – dijo Murke–, colecciono silencios.”

Leer un libro necesita de tiempo, un mínimo espacio y de algo de silencio. Recuerdo mi juventud en el barrio en el crecí. Me miro tumbado en el sofá de la sala aislado del mundanal ruido del barrio, del dolor sonoro de muchos vecinos, de la alegría, de un disparo retumbando a lo lejos, de una fiesta ruidosa cuatro calles más allá, del grito de la vecina en feroz discusión con el marido, del ritmo jadeante de alguna pareja amparada en la oscuridad de la calle, todo esa sonoridad vital se reducía o se apagaba del todo cuando mis ojos, pero sobre todo mi corazón, recorrían la página buscando desentrañar el sentido de las frases, tratando de comprender las complejas rutas de la memoria y la imaginación.

Si al igual que el Dr. Murke, fuésemos capaz de capturar ese silencio de las lecturas, de los muchos libros leídos, de seguro se podría comprobar que el mundo tiene un sonido vital constante tan necesario como ese silencio igual de escurridizo o como lo expresó Jhon Cage que sabía un poco más del sonido que yo: “La experiencia del sonido que prefiero sobre todos los demás es la experiencia del silencio. Y el silencio en casi todas partes del mundo ahora es el tráfico. Si escucha a Beethoven o a Mozart, ve que son siempre lo mismo. Pero si escucha el tráfico, ve que es siempre diferente.”

Ese silencio impregnado de palabras sucede en el momento que nuestros ojos recorren la página del libro y es bastante diferente cuando leemos en la Tablet (o en el computador) en la que por lo general la música está de fondo (o hay un sonido mínimo del dispositivo electrónico).

El silencio es terrible ya que puede llevar a cualquiera a encontrar el abismo de su propia interioridad. En un relato distorsionado de Kafka sobre el Odiseo homérico este asegura que: “Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio”. 

viernes, 8 de abril de 2016

Un escritor tapa amarilla


Rafael Bolívar Coronado

Un escritor tapa amarilla

Carlos Yusti

            Como viajero frecuente del transporte público escuché a dos damas conversar. Una le decía a la otra: “Te acuerdas de Manuel, con el que salía; bueno en la cama resultó todo un tapa amarilla”.
            Hubo un tiempo, lejano, muy lejano, en la que los anaqueles se vieron invadidos por unos productos de limpieza (cloro, desinfectantes, etc.) carentes de marca y cuyo único distintivo era una tapa de color amarillo. Eran más económico y su calidad era un tanto desigual. Se hizo común utilizar lo de la tapa amarilla como signo de calidad dudosa, o sin ningún rasgo sobresaliente.
            De pronto recordé a Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) ¿Hay un escritor más estrambótico, atronado y alucinante que el autor de la letra del Alma llanera?. Si tienen interés en conocer los entretelones de un escritor que rompe los esquemas, de un polígrafo inverosímil deben leer el libro de Rafael Ramón Castellanos, Un hombre con más seiscientos nombres(Rafael Bolívar Coronado) o el libro El hombre que nació para el ruido. Biografía de Rafael Bolívar Coronado, de Oldman Botello.
            Sus pecados como escritor fueron muchos, pero el peor quizá sea la letra del Alma llanera. Escribió con un buen número de seudónimos (más de 600 si se consideran los datos investigados por Castellanos), sin mencionar que usurpó la identidad de otros escritores para estamparlo a sus libros, cuentos y artículos.
            Nació en Villa de cura, estado Aragua. Su madre fue Emilia Coronado y su padre Rafael Bolívar quien fue escritor costumbrista que ejerció el periodismo a la vez que era comerciante y político. Coronado comenzó a escribir en los periódicos de su localidad. Pronto buscará nuevas rutas para su inigualable talento como trampista y buscavidas profesional. Ah, claro y como escritor nada convencional. En Caracas sus textos consiguen espacio en diferentes revistas y diarios. Escribe cuentos, crónicas, artículos e incluso una zarzuela (Alma llanera) en un acto y tres cuadros, con una sobredosis de clorofila y campo, que se representa con música de Pedro Elías Gutiérrez. El éxito de la pieza fue relativo, pero la música era un tanto pegajosa. Obtuvo incluso un premio como cuentista con jurado de lujo: Santiago Key-Ayala, Jesús Semprum y Laureano Vallenilla Lanz.
            Coqueteó con la dictadura de Juan Vicente Gómez y gracias a sus contactos en el régimen consigue dinero para embarcarse a España. En Madrid, luego de algunos meses, rompe sus nexos con sus antiguos aliados. El poeta Francisco Villaespesa, director de la revista Cervantes, lo recibe y le ofrece trabajo como corrector. La revista se edita y todos los escritores que en ella colaboraron montan en cólera. Los textos no fueron corregidos y salió plagada de errores. Como es lógico Villaespesa molesto lo despide. La excusa del escritor es que él en verdad no sabía un ápice de corrección, pero necesitaba el trabajo. Coronado debió ser un tipo hábil con el verbo. Quienes le conocían sabían a todas luces que era un mitómano y un escurridizo embustero, sin embargo sus cuentos e historias (sin asidero real por supuesto) eran cautivantes. Villaespesa le perdona debido a que le gustan sus salidas ingeniosas y sus historias siempre chispeantes. Escribía crónicas de viaje sin moverse de Madrid. Describía al detalle costumbres, sitios (sin equivocarse) de ciudades españolas que nunca había visitado. Hay que considerar que hizo esto sin el Internet y de seguro debió meterse por horas en alguna biblioteca para recabar información. No cabe duda que debió tener una mente prodigiosa.
            Sin amigos ni empleo y perseguido por los patriotas cooperantes del gomecismo está decidido a no regresar al país y se declara antigomecista, revolucionario y anarquista. El percance con la revista Cervantes no le sirve de escarmiento ni nada que se le parezca. Para conseguir dinero, o “para sacarle las telarañas a las muelas” como escribiera con lacónica ironía, urdirá nuevas triquiñuelas, pero todas circunscritas al ámbito literario.
            Por ese tiempo Rufino Blanco Fombona dirige la Editorial América y una de sus secciones es La biblioteca americana de historia colonial. Fombona lo emplea en la editorial y pronto Coronado comienza a desempolvar manuscritos (alrededor de siete) escritos por cronistas de la colonia en la Biblioteca Nacional y con esmero los copia para ser editados. Rafael Ramón Castellanos escribe: “Lo que ignoraba Blanco Fombona es que había sido engañado, ya que no existían los autores de tales libros ni los añejos originales, pues fueron producto de la mente de Bolívar Coronado, quien confesó mucho tiempo después ésta y otras travesuras literarias, como creador de obras apócrifas”. También para la misma editorial escribió El llanero adjudicándoselo a Daniel Mendoza e hizo lo propio con Letras españolas de Rafael María Baralt y Las obras científicas de Agustín Codazzi. La acotación de Castellanos es oportuna: “…pero no puede pasar inadvertida la encomiable circunstancia de este hombre que en tres o cuatro semanas era capaz de producir textos que, por mal o por bien, le aseguraron a ser digno de una biografía”.
            Pero estas trapacerías literarias no era tan ingenuas como la de la revista, sin mencionar que Blanco Fombona no era una caricatura de escritor. Era un fortachón de irascible carácter, pendenciero armado con fama de duelista y uno que otro muerto. Descubierto el timo Fombona buscó afanosamente a Coronado por Madrid para reclamarle con una bala entre ceja y ceja, pero este había huido a Barcelona. Para vengarse Fombona, publicó Memorias de un semibárbaro en la Coronado hace un recuento de su desencuadernada vida. Como era de esperarse allí le atribuye frases a escritores connotados que son de su invención nítida y galopante.
            En Barcelona recurre a las antologías poéticas para redondear su trabajo como articulista de prensa y corresponsal de guerra. Con su estilo inconfundible nunca estuvo en el frente de batalla. Se iba al puerto disfrazado de bucanero venido a menos y conversaba con los marineros que si estuvieron allí y armaba las crónicas. Daba datos de bajas, número de combatientes, estrategias militares de ambos bandos y nunca se equivocaba. Las antologías poéticas se denominan “Parnaso” y recopiló varias: El Parnaso Boliviano, El Parnaso Ecuatoriano y El Parnaso Costarricense. También llevó a cabo una antología de poetas americanos. Cuando le faltaba algún poeta sencillamente lo inventaba y con él sus poemas. Pasada la página de los “parnasos” escribe artículos y entradas para La Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-americana de Espasa-Calpe.
            Coronado fue un escritor inigualable del pastiche. Su estilo cortaypega llega incluso a imitar sin rubor al escritor Arturo Uslar Pietri, lo que dice bastante de su osadía creativa. Era un adelantado en eso de la hipertextualidad. Escribía cualquier género y hasta hizo lo propio con dos libros infantiles: Los cuentos de Fernandillo y El baúl maravilloso. Incluso redactó un biografía, a dos manos, sobre Lenin (Vladimir Ilich Ulianov), quien por esos años todavía no despuntaba como una figura sobresaliente en la foto de la revolución rusa.
            Lo que siempre me ha intrigado de Coronado es su desapego a escribir una obra. Derrochó esfuerzo, tiempo y talento escribiendo textos espurios y obras apócrifas sin otro fin que el de ganar algunas monedas. Esta actitud despreocupada por la alta literatura lo hace actual y lo acerca bastante al dadaísmo, al surrealismo y a ese grupo experimental OuLiPo: “(acrónimo de Ouvroir de littérature potentielle, en castellano Taller de literatura potencial) es un grupo de experimentación literaria creado en 1960 y formado principalmente por escritores y matemáticos de habla francesa” (el maestro Wikipedia dixit). OuLipo asumió la literatura como un juego combinatorio, especie de rompecabezas cambiable en contraposición de la literatura formal un tanto tiesa, pero utilizando con creatividad el pastiche, el lipograma (que no es más que escribir eludiendo una determinada letra), el S+7 que es tomar un texto escrito por otro autor y a cada sustantivo encontrado sustituirlo, de manera deliberada, por el que aparece en séptimo lugar en el original o en un diccionario cualquiera. Esta manera de asumir lo literario desde la invención y el descubrimiento, como lo postularon en uno de sus manifiesto, fue para no apegarse a recetas gastadas, para darle otra una vuelta de tuerca a los géneros y otorgarle un descanso a la inspiración para crear desde ese costado de inventiva imaginativa y tener el texto como un aparato desmontable que se crea y volatiliza sobre la marcha. Para Coronado la literatura era también un divertimento que se podía alterar, agregar, combinar (estilos, frases, modos, estructuras, etc.) y crear algo distinto; quizá no con la calidad del obsesivo meticuloso, sino más bien con esa pasión del quisquilloso curioso y risueño.
            Coronado siempre estuvo consciente que esta escritura de toma y daca no cumplía con los estándares de calidad necesario, pero él tenía como acicate su estrechez económica. Escribir era sólo un trabajo a destajo. Escribía con una efervescencia de poseído y con regularidad redactaba en una mañana seis o cinco artículos; luego los enviaba para distintos periódicos españoles. Cada texto era firmado con algún nombre inventado. Coronado sabía que este trabajo duro e impaciente de calderilla era efímero. Las musas lo visitaban mucho y le mostraban sus encantos, pero él escribía como un perturbado sin plazo, sin tiempo desechando la inspiración y practicando eso que Arturo Pérez–Reverte denomina como “el plagio entreverado y el picoteo de lo ajeno”. Tuvo claro que su escritura tapa amarilla no era para la posteridad, sino para resolver el día a día. En una carta al referirse a las antologías poéticas escribe: “Estas antologías las hice en poco menos de veinte días; ¡considere usted como habrán quedado! Más estos horrorosos pecados me los absolverá usted al evocar el principio alemán cuando el brusco levantamiento de Bélgica: la necesidad carece de ley. Y más si se entera usted que yo carecía de todo”.
            Nunca comprendí a cabalidad esa paranoia de Coronado por ser muchos escritores para al final no ser ninguno. Se ocultaba ( o mejor dicho ocultaba su obra) con una suma suculenta de seudónimos, voces y heterónimos, que Fernando Pessoa haga su cola respectiva y se quite el sombrero. Coronado estaba en ese estadio conceptual, algo así como esos artistas conceptuales actuales, los cuales se interesan no tanto por la obra en sí como por la idea que la motoriza. Coronado estaba en esos abismos. Si duda especulo y quizá sólo escribía por eso de la paga, pero no es normal que pasara horas escribiendo libros, artículos, crónicas y reportajes para ganar unos pocos centavos. Tenía que haber algo más de fondo.
            Ficharlo como un escritor raro sería lo más benevolente, pero tampoco encaja del todo en los parámetros si se revisa lo escrito por Cecilio Alonso en su texto Sobre la categoría canónica de raros y olvidados: “El concepto de la rareza literaria tiene un precedente en el Rubén de Los raros (1896). Raro en toda la extensión de la palabra, es no canónico, no aceptado en su contemporaneidad: Verlaine, Lautréaumont, Ibsen, Nietzsche en 1896 eran desconocidos para la mayoría de los lectores hispanos y hoy son indiscutibles en el canon occidental. La excelencia de aquellos predestinados se confirmó con el tiempo. Pero, raro es también quien se prodiga poco, quien se esconde o no congenia con la común opinión de críticos y lectores, lo que comporta cierto grado de autoexclusión que conduce al olvido. Ahora bien, poquísimos escritores, por rebeldes que sean, suelen renunciar a la pequeña porción de gloria que pueda proporcionarles su propia rareza. Sin contar que cuanto más raro más original”.
            Ahormarlo en esa recuadro de escritor de culto tampoco es hacerle un favor, además para eso ya tenemos al friki pavoso (aparte de gomecista) de Ramos Sucre, cuyo insomnio y sus poemas escritos con diccionario y enciclopedia universal le ha permitido salir del armario del olvido y colarse en nuestros cibernáuticos días.
            Coronado, hay que decirlo, es nuestro escritor maldito por excelencia. Echó por tierra esa pomposidad vanidosa de ser autor de una obra, de ser el comodín letrado a la diestra del poder, de convertirse en el secretario acucioso de la sociedad, o en el peor de los casos en el mecanógrafo tarifado que escribe sin faltas ortográficas ni políticas para no inquietar a la administración. Era un artesano de la escritura, un jornalero de las palabras y su meta fue malvivir de escritor a tiempo completo. Era un maldito con una desazón quemante y la cual sobrellevó con un humor desfachatado de encantador de serpientes. Era un escritor que perfectamente puede formar cofradía con ese grupo de escritores malditos que han atravesado la literatura sin tiempo. Leila Guerriero ha escrito que a los escritores malditos “los une, a veces, esa materia que se llama olvido, esa cosa esquiva que se llama genio, y una forma, muy humana, del desasosiego, de la insatisfacción y de la rabia.” Coronado cumple con el perfil. En él hubo como ese punto de quiebre que lo impulsaba o como lo dijo la misma Leila en una entrevista: Los malditos tienen que tener, inevitablemente, un punto de tortura interna, estar a la intemperie, ser frágiles para resolver cuestiones que a otros no les cuesta demasiado, un retorcijón fuerte de la conciencia, del ánimo, una sensibilidad exacerbada, son sobrevivientes de ellos mismos, gente muy arrojada a los lobos…”
            Coronado supo defenderse de la jauría de lobos de su tiempo, tanto exteriores como internos. Entró en ese laberinto de la escritura y no salió jamás, se perdió en su euforia de nombres y voces. Fue muchos escritores y ninguno. Fue un hombre dotado con un enorme talento para escribir, pero nulo para ser un autor de gloria póstuma. Dotado de un luminoso ingenio para el timo literario, para el cuento oral y la mitomanía. El éxito literario nunca fue el incentivo de su trabajo, era algo más. Su obra, si es que la hubo, se ha desencuadernado en muchos nombres, se ha desparramado en mucho poeta inventado, en mucha enciclopedia olvidada. Su vida tiene la fetidez de un folletín de aventuras, sin duda lo único salvable. Fue un escritor tapa amarilla, pero con un malditismo fuera de serie y una genialidad extravagante. Quizá a futuro se convierta en una atracción insólita e importante de nuestro circunspecto circo de acróbatas (para conseguir premios), contorsionistas (para colarse en la foto con el poder), equilibristas (para ser ni fu ni fa), hombres bala (dan en el blanco para la zancadilla), magos (desaparecen a los enemigos en las instituciones culturales), malabaristas (con las becas y las prebendas culturales), tragasables (tragando grueso para no opinar), etc., y que algunos con ridiculez pomposa de selfie llaman letras nacionales. Ante semejante panorama se debe colocar a Coronado en un altar, como joda claro, para amargarle el día al dueño del circo.

viernes, 1 de abril de 2016

Los poemas ajenos


Los poemas ajenos


Carlos Yusti
Sólo en la belleza ajena
hay consuelo, en la música
ajena y en los poemas ajenos.
Sólo en los otros hay salvación,
aunque la soledad sepa como
el opio.
(Fragmento del poema “En la belleza ajena” de Adam Zagajewski)

           El poema escrito encierra en su forma (y quizás también en su ejecución) algunos insolubles enigmas. En ocasiones con una inusual economía de palabras puede descubrirnos la belleza con todas sus complejidades y destellos a saber. Es a veces un inaudito fogonazo de divinidad, una especie de oración que te acerca bastante a Dios. El poema guarda el secreto de sus esplendores, miserias y abismos para enfrentar, tanto al poeta como al lector, a esa palpitación del tiempo en la cual somos apenas un latido breve.

Para desentrañar los arcanos que un poema oculta parece un buen plan ir a la fuente, conocer de propia mano las razones que llevaron al poeta a escribirlo, que él intente explicar los mecanismos sutiles para su composición, que haga lo posible de acercarnos a esas motivaciones más íntimas que lo han estimulado a unir palabras y crear las metáforas necesarias para llevarlo al papel.

Antonio Trujillo que también es poeta; ese “poeta que hace vivir la palabra, la leña, el carbón, la madera virgen” a decir de Reynaldo Pérez Só o ese poeta “que prefiere lo secreto, lo escrito en voz baja, al tratar con lo desmesurado” como escribiera Luis Alberto Crespo, y desde esa humilde condición de oficiante de la palabra va en busca de esclarecer sus inquietudes como simple lector de poesía. Quiere saber más sobre un conjunto de poemas que despertaron en él cierto estremecimiento, algún asombro y, sin duda, innegable deleite.

Para tal empresa, y ya con los poemas seleccionados, contactó con los diferentes poetas y fue indagando sobre los pormenores de la escritura de determinado poema. Su travesía le llevó algunos años y el resultado es (de seguro el primer tomo) de un libro titulado Regiones verbales: Los poemas cuentan su vida. (Fondo Editorial Fundarte, 2014). Sobre como surgió la idea el propio Trujillo ha explicado: “Este libro comenzó a escribirse aproximadamente en el año 1998 gracias a la columna Verbo y Gracia del periódico El Universal, llamada Los poemas cuentan su historia. Y de esta manera es que nace esta idea de ir publicando un testimonio que cuenta la historia del poema”.

El libro recopila los testimonios sobre la escritura poética, de esos acicates sensoriales que mueven a la escritura a poetas como Ángel Eduardo Acevedo, Laura Antillano, Juan Liscano, Ramón Palomares y otros importantes poetas que de alguna manera conforman algo así como un mapa de la poesía actual en el país. Con respecto a esta compilación Antonio Trujillo ha aclarado que en lo absoluto es un trabajo de historia ni antropología, sino más bien una pesquisa que intenta resaltar la percepción y sensibilidad del poeta que tiene otra mirada sobre un lugar específico y de allí proviene el nombre del libro. Los testimonios sobre la escritura del poema van unidos a paisajes icónicos para los diferentes poetas, articulados a las raíces familiares, a esos lugares claves donde los poetas han vislumbrado de alguna manera la belleza y la metáfora. El libro es un encuentro verbal no sólo con el poeta, sino con un trozo de región de nuestro país.

Antonio Trujillo es un conversador por excelencia. Su inclinación por relatar historias, salpimentadas con anécdotas curiosas, datos asombrosos y rocambolescos es proverbial. El libro Regiones verbales: Los poemas cuentan su vida. tiene ese sello indiscutible de la oralidad. Trujillo en las distintas conversaciones se limita a ser un escucha atento; su presencia es imperceptible y con exquisita paciencia anota la voz de los poetas, explicando las circunstancias en la cual escribieron el poema seleccionado por el compilador y esto es un valor deslumbrante de este libro. Otro de sus valores es ese acercamiento que el lector, como segundo invitado/oidor, tiene con el poeta; esa aproximación a su intimidad artística y creadora es una didáctica de humanidad. Otro aspecto a destacar, de este luminoso libro, es el grupo de  poetas seleccionados/reunidos para contar su experiencia sobre la creación poética y la cual varia de un poeta a otro, pero que en suma refleja una reflexiva sencillez, una serena meditación, sobre el acto de escribir para fijar todo aquello que rodea al poeta, todo eso que mueve sus afectos y sus visiones. Sólo se echa en falta una pequeña nota biográfica de los poetas, del resto el libro es una singular pieza bibliográfica sobre el arte de escribir poesía, sobre esos mecanismos que la memoria elige para darle carne metafórica a esos lugares adheridos a la sensibilidad del poeta, como una huella intangible del vivir en la simplicidad mágica del devenir cotidiano.

La escritura es a veces un pacto tácito con los recuerdos, con esos trozos de vivencias que de algún modo van moldeando el alma. La poesía podría ser la llave que abre esa puerta de nuestra percepción para captar ese fluir de tiempo y sueños que es nuestra vida y la cual gotea con serena lentitud en nuestra memoria.

El poeta sabe que el poema es ese instante de la interioridad trabajada con la música de la palabras. En ocasiones es una oración o un abismo, una fe (o una forma de salvarse) que no sólo se encuentra en sus propios poemas, sino en los poemas de los otros poetas o como lo escribió Adam Zagajewski: “El autor y el lector siempre sueña con una gran poema, que lo escriben, lo leen, lo viven”. He allí el intríngulis crucial: vivir el poema, traspapelarse con su torrencial música, con esos breves compases de silencios y que redima tanto a su autor como al lector, que lo rescate de un mundo que parece haber perdido la brújula de lo poético.

Antonio Trujillo salió a la búsqueda de esa belleza ajena con la sencillez de un explorador, de un caminante tocado por la poesía como quehacer y creación, como turbación y deleite. Un hombre que desde la soledad del poeta y la comunión de la palabra poética sale al encuentro de lo sagrado por aquello escrito por Octavio Paz: “La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. Intenta embellecerla, como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado el mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia. No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que toca, sino volverlo sagrado”.

Como un viajero paciente y con la curiosidad pulimentando su mirada Antonio Trujillo (con algunos poemas ajenos en sus bolsillos)  ha ido en pos de otros poetas para conocer de buena fuente el misterio huidizo del arte poética. Su viaje lo ha llevado a esas regiones del verbo, de ese metal dulce de la palabra como llave que entra en la cerradura de la memoria y abre esa puerta por donde salen en tropel el paisaje, la infancia, los sueños, el mar, el río, el amor, la sombra, la aurora y el abismo; por donde emerge con naturalidad ese milagro que algunos llaman poesía.

Regiones verbales: Los poemas cuentan su vida. Antonio Trujillo. Fundarte. Caracas, 2014. 338 páginas.

jueves, 3 de marzo de 2016

En la escenografía de las ciudades


En la escenografía de las ciudades

Carlos Yusti





La ciudades son las escenografías ideales para esos fotógrafos que se pierden en la estética de lo cotidiano, que buscan en la calle ese grito silencioso de la vida que se echa andar en el día a día. La ciudad como un gran tinglado teatral en la cual se escenifica a diario un drama, una comedia, un amorío de enredos, un sueño tejidos de mucho hilos y que escribe cartas, telegramas y mensajes en sus paredes. La ciudad con sus calles y sus personajes de siempre ( El vendedor callejero, el borrachín, la señora de las loterías, etc.) formando ese cuadro de costumbre, esa imagen que para muchos pasa como un celaje, mientras cada cual se pierde en el vibrato de hiperactividad que a fin de cuenta son las ciudades.

Yuri Valecillo es un fotógrafo que recorre la calle intentando ver la poesía, a pesar de la aceleración de la ciudad, en su conjunto y con este grupo de fotografías trata de capturar ese sentido plástico que exhiben las ciudades, como si de ropa tendida al sol se tratara. Yuri busca con estas fotos de puertas, ventanas y grafitis subrayar una particular poética.

El ciudadano de a pie, y que por la misma agitación de la ciudad se vuelve ciego y sordo, pasa en ocasiones sin la capacidad para captar la música, la escritura y el arte de la ciudad. Estas fotos van a la pesquisa de esa belleza inusual que puede tener un grafiti, una puerta o una ventana carcomida por el tiempo.



Yuri Valecillo siempre a contracorriente. Los admiradores y detractores de su trabajo fotográfico son muchos, pero sus enemigos se los gana a pulso y en buena lid. Como le ocurrió con un amigo mutuo que escribió una carta punzopenetrante contra Yuri a un alcalde, que meses después sería encarcelado por malversar los dineros públicos. Valgan aquí unas líneas textuales (con todos sus gazapos) para destacar la virulencia pasionaria que desata Yuri Valcillo:

“Señor Alcalde, dirá usted que de lo que conoce de esta persona no lo condice a las mismas conclusiones a las que yo he llegado y estoy lamentando. La verdad de los hechos es que se trata de una persona muy inteligente e ingeniosa. (“La virtud sin probidad es un azote”, S. Bolívar) que utiliza esos atributos de la condición humana como artista de la simulación, experto de la lisonja, oficial del doblez, que apela a su sonrisa fácil, a sus historias bien elaboradas, a las anécdotas de hechos ajenos  o no comprobados o que él épicamente se los atribuye, a sus refinamientos franceses y sus paseos por el mundo de la cultura y el poder que como tuvo sartreano debería aborrecer, con el fin de construir una aureola de personaje magnifico fácilmente aceptable en escenarios que, como el de usted y yo, esta dado para valorar la valentía, imitar la irreverencia, agraciar la rebeldía y disfrutar delos cuentos que hacen de nuestros sueños y utopías, algo mas importante que nuestras vidas ordinarias. Es un mitómano, ególatra, resentido por sus fracasos de artista, cuyo referente revolucionario no es la revolución popular y antiimperialista del Negro Chávez sino el mundo del existencialista de Jean Paul Sartre y, que no forma ni formará parte de nuestro partido porque ese personaje no esta hecho para el equipo, el respeto a las decisiones superiores y a las jerarquías, por lo que, en el momento menos esperado sacará a relucir todo su resentimiento pequeñoburgués para verterlo no contra la oligarquía valenciana ni la burguesía carabobeña, sino contra los revolucionarios, a quienes no les reconoce virtudes superiores a las que el mismo se atribuye sin fundamento”.



Todo lo que se diga a favor o contra de Yuri es verdad y es mentira. Detrás de todo artista se teje una mitología que de alguna manera se va anexando a su trabajo, subrayando lo que sus fotos, con cierta descarnada estética, van desnudando: la pequeñez  humana, el desmoronamiento espiritual en todos sus estamentos y la insolidaridad galopante de globalidad.



Que el trabajo de Yuri Valecillo es sugerente y a contracorriente de alto impacto es innegable, incluso cuando sus fotos se deslizan sólo hacia lo estético. Su trabajo fotográfico puede no gustar, lo cierto es que el espectador de sus fotos afinará su mirada hacia nuestro entorno, hacia esa realidad nunca aburrida y con esa estética despiadada que no aboga por la tibia indeferencia ni la verborrea del poder político o religioso.
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Carlos Yusti (Valencia-Venezuela, 1959). Es pintor y escritor. Cofundador del grupo Literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Su última exposición conceptual fue La Tapa del Frasco, revista-objeto, 2015. Ha publicado Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994), De ciertos peces voladores (1997). Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007); Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (Ediciones del Perro y la Rana, 2007) y Poéticas del ojo (editado por El perro y la rana, 2012) que reúne sus textos sobre arte. “A la brevedad posible” (Libro-objeto, ensayos-2015. 80 ejemplares numerados). “Cartografía del tahúr solitario”, (libro-objeto que consiste en 40 cartas de baraja. Ensayos/2016. 150 libros numerados) En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión.

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