jueves, 17 de diciembre de 2015

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El olvidado Sartre


El olvidado Sartre
Sartre visto por Yusti

Cuando era adolescente "La Náusea" se convirtió para mí en un símbolo, en un paradigma de protesta capital. Mal comprendida en su momento, por supuesto, pero que innegablemente resultó como un puñetazo directo a mis sentidos, una luz que iluminaba el túnel de mi juventud gris y desapasionada. Luego de leer esa novela Jean Paul Sartre fue un escritor al que era necesario seguirle la pista, rastrearlo a través de sus piezas teatrales, sus libros filosóficos, sus ensayos literarios, conferencias y ese desmedido afán, que colindaba con el vedettismo más descarado, de hacer coincidir su vida con los preceptos (o recetas) libertarias que pregonaba y sus posiciones de pensador desfachatado, bastante a contracorriente.
Además de su portentosa obra, estaba su vida ruidosa, llena de manifestaciones, pancartas y graffitis, que marcó de manera definitiva, por espacio de 40 años, el ambiente cultural y político de Francia y el mundo. O sea con Sartre el escritor y pensador desvió su mirada de los libros para fijarlos en el mundo, desde ese momento la responsabilidad del escritor con su entorno social dejó de ser un mito para convertirse en un hecho soluble y cotidiano. Lo escrito por Francisco Umbral es poéticamente exacto: "Sartre no ha tenido mucho futuro. Más bien ha sido olvidado, desconocido, para las generaciones sucesivas, que han visto en él a un moralista, a un predicador, el gran pensador de una causa, el sovietismo/estalinismo, que hoy está perdida.
Jean-Paul Sartre, empero, es para nosotros el último pensador que usa como herramienta la literatura. La literatura es quizá la más profunda forma de conocimiento, pero los pensadores de después de Sartre, como los estructuralistas, Derrida, Lacan, Baudrillard, etc. (con la excepción jubilosa de Roland Barthes), se han enfangado en un pensamiento tecnológico que no es sólo pedantería, sino también coquetería, una manera culta y ambigua de no definirse ideológicamente, incluso de rechazar toda definición. En este sentido digo que Sartre (y Camus, aquel Bogart de las ideas) es el último pensador literario, ensayista/artista.
En Jean Paul Sartre confluyeron el literato, el filosofo y el intelectual comprometido, sin mencionar al relacionista público y al afiebrado polígamo, con una vida sexual rocambolesca. Sartre en vida cumplió con todos sus roles con la misma intensa capacidad. Como literato su obra marea por lo abundante: novela, libros de cuentos, memorias, ensayos críticos, obras teatrales y guiones de cine.

Sus obras capitales en filosofía son "El ser y la nada" y "Crítica de la razón dialéctica". Como hombre público estuvo al lado de los manifestantes, vivió a media calle repartiendo el periódico "Combat", en las aulas universitarias estuvo haciendo digresiones sobre el mundo, la metafísica y el ser. Era incansable. En todo momento estuvo alerta y siempre dispuesto a participar como ciudadano, animal político e intelectual. Todo revuelto y sin delimitaciones de ninguna naturaleza.
Juan Nuño observó con oportuna claridad, que detrás de ese Sartre notorio, especie de vedette pública (o debo escribir púbica) del pensamiento, de ese Sartre enamoradizo y holgado de tiempo para amar y dar la cara ante los requerimientos políticos, sociales o culturales del día, estaba un Sartre bituminoso y tenaz. Verdadera máquina humana de la escritura, quien recurría a las anfetaminas para no detener su trabajo de escritura, la cual se prolongaba por días, noches y semanas enteras. Y claro con toda esa actividad militante de pensador pragmático, de enamorado braguetero, que encamó a una buena porción de estudiantes, amas de casas, señoras del jet-set o el cine y una que otra cabeza loca que pululaba por los ghettos de la liberación femenina, el amor libre, las del sexo con neuronas (estilo Simone Beauvoi) y en esa tónica, no podía ser de otra manera: la droga como motor y empuje para el trabajo intelectual.
Trabajo de escritura, por otra parte, a destajo, y que en su conjunto parece no responder a ningún patrón, convirtiéndose en una forma contundente para desechar una vida normal apegada a los horarios, a las reglas domésticas del amor o a los parámetros ortodoxos de la lucha política.
Su activismo político (su rechazo al Nobel de literatura) no era más que una altisonante proclama de hagoloquemedelagana, no era otra cosa que una manera abierta de restregarles en sus narices a los literatos de salón y a los filósofos de la oficialidad su desprecio por lo subjetivo, lo neutro; su repulsa por todos aquellos pelmas eruditos que intentan elevarse por encima del hombre común y de las contingencias cotidianas, haciendo gala de un espíritu cultivado en la arrogancia y el intelecto sin otro norte que la aula universitaria y la silla de la academia.
Después de Sartre los oficios de escritor y filósofo dejaron de ser actividades inocentes y rumiantes (por aquello de vacas sagradas) distanciadas del mundo ordinario para devenir en una toma de partido que dejaba al descubierto todo la peligrosidad que puede significar eso de pensar, o escribir, al servicio de lo humano en todos sus estratos.

En lo particular me ha resultado siempre más tolerable el Sartre dramaturgo y el Sartre ensayista. El primero ha puesto en escena más que un tema, trabajado por actores, todo una filosofía, todo un engranaje de problemas filosóficos y éticos. Estas frases de Sartre, citadas por Riu en su libro, son más que ilustrativas a este respecto: "...Lo más emocionante que el teatro puede mostrar es un carácter en proceso de realización, el momento de la elección, de la libre decisión que compromete una moral y toda una vida". Sus piezas teatrales como "Las moscas", "A puerta cerrada", "Las manos sucias", "Los secuestradores de Altona" y "La puta respetuosa" fueron en su momento obras que gozaron de enorme éxito.
El Sartre ensayista es fascinante porque sus trabajos en este género son verdaderos monstruos, en cuanto a densidad y extensión: "San Genet, comediante y mártir" y "El idiota de la familia". Libros en los cuales Sartre despliega una elástica y variada gama conceptual donde, con impecable estilo literario, va construyendo un aparataje filosófico bastante alejado del ensayo literario cómodo, amanerado y manso confeccionado con los lugares comunes del pensar académico. En el libro "El idiota de la familia", Flaubert es un pretexto para abordar ese drama de la creación literaria y en un escrito de más novecientas páginas Sartre apenas esboza una introducción sobre el maniático torturado escritor de "Madame Bovary".
En su otro kilométrico ensayo Jean Genet, un ladrón, presidario y homosexual, trasmutado en escritor, dramaturgo y poeta , le sirve a Sartre para una extensa e imbricada disertación sobre el mal y la santidad desde una óptica irreverente, lúdica y por momentos poética.
El viaje en el tiempo para los escritores no pasa en vano. Muchos se quedan en los anaqueles polvorientos del olvido. Algunos conocen épocas de vigencias inesperadas y otros sufren eclipses irremediables luego de un rutilante y luminoso protagonismo. Sartre pertenece a esta última categoría: su vida y su obra fueron intensas. Ningún otro escritor como Sartre, salvo Voltaire, ha conocido protagonismo más exagerado y vapuleado. En vida todas las instituciones querían tenerlo como conferencista, en la mayoría de las universidades del mundo sus pensamientos y sus escritos eran material obligado de estudio. No haber leído a Sartre era asunto bochornoso.
Hoy, sin embargo, en esta transición postmoderna Sartre resulta un poco descosido, un tanto aburridón, bodrio intelectual inleible. Octavio Paz y Juan Nuño saldaron cuentas con él hace largo rato. Féderico Riu le dedicó un libro impecable. Bueno, pues, si que hoy se lee más lo escrito sobre Sartre que a Sartre mismo.
Luego de una descollante figuración la fama de Sartre ha colapsado. El entusiasmo hacia su obra ha mermado bastante y pronto, quizá debido a que se convirtió en un clásico insepulto, en un clásico vivo antes incluso de haber sido publicado por la prestigiosa editorial "La Pléide". Santiago Kavadloff ha escrito: "Se distingue, así mismo, el clásico por su condición de precursor. Es él quien por primera vez expresa su tiempo en un estilo; no éste o aquel aspecto de su tiempo, sino todo su tiempo. En una palabra y en forma exhaustiva, su época se torna estrictamente inteligible. El clásico bautiza su hora, la nombra primigeniamente, como nadie hasta él, la plasma, traza su órbita ideológica, define sus modalidades, descubre sus propensiones, señala fracasos, enuncia logros. Es él quien recorta verbalmente sus fronteras éticas, sociales, metafísica y sicológicas".
Se vuelve siempre a los clásicos del pensamiento porque su obra de alguna manera puede servir para explicar nuestro momento histórico. La obra de Sartre, en este saldo postmoderno, reaccionario y apático, tiene poco que ofrecer. Sin embargo, como están las cosas a Sartre le esperan futuros y rutilantes despertares.

Alfredo Maneiro:política y pasión erudita


Alfredo Maneiro:política y pasión erudita
Un Andés Velásquez (bisoño) Alfredo Maneiro(centro) flanqueado por 
Clemento Scotto.

Los filósofos de la Grecia clásica convirtieron la expresión oral en su mejor carta de presentación. Hicieron de la plaza pública un aula virtual para sus disertaciones y propuestas. No eran productores de opiniones, sino de ideas y conceptos trascendentales sobre el mundo y los hombres. No escribieron nunca. Además consideraban la palabra escrita como una abyección de la palabra oral. Los filósofos griegos demostraron gran competencia en el dominio de la comunicación hablada, como consecuencia de ese inigualable talento pronto tuvieron seguidores y discípulos.
Alfredo Maneiro, el sempiterno fundador de ese experimento político que se llamó La Causa R, emparentaba mucho con los filósofos de aquella Grecia del diálogo, la democracia y la filosofía. Alfredo Maneiro fue un orador vehemente, inteligente, memorioso. Jamás alardeaba de nada aunque había realizado su respectiva pasantía por la guerrilla, era profesor universitario y se había graduado summa cum laude en filosofía. Cuando su verbo generaba ideas te envolvía con gran lucidez al punto tal que sus interlocutores se quedaban boquiabiertos. Si relataba algo, uno, incrédulo, no sabía si estaba mintiendo con enorme imaginación o diciendo la verdad con invenciones de su propia cosecha. Cuando Alfredo Maneiro hablaba seducía de manera irremediable. Era bajo, regordete y ágil como su verbo siempre perspicaz, punzante, creativo y oportuno.
Maneiro, luego de toda su travesía revolucionaria, que se podría denominar como dura, y de su ruptura con el MAS, quedó un tanto a la intemperie. No obstante no iba a quedarse cruzado de brazos mientras el país político se fragmentaba en muchos pedazos, y donde a las claras iban quedando, en los puestos claves del poder, oportunistas y politicastros, además de ese MAS dialogante y parlamentario. Por último estaban los sobrevivientes de las guerrillas rumiando su derrota, escribiendo libros de sus andanzas y desentendiéndose de todo quehacer social. Luego estaba una buena porción de izquierdistas atrincherados en las universidades donde había más pasión y tirapiedrismo que proyecto político de largo alcance. A modo grueso el país se encontraba en un marasmo político algo difuso. Maneiro como una especie de filósofo urbano fue nucleando simpatizantes y adeptos hasta consolidar un movimiento sin ideología, pero con un proyecto claro para la toma del poder no por la puerta de servicio. Para llegar a lo que fue en su momento de esplendor La Causa R, Maneiro realizó tanteos y experiencias políticas heterodoxas. Así nació Procatia, El Agua Mansa, Bafle y el Prag. Luego vendría el equipo de Los Matanceros y El Nuevo Sindicalismo.
Alfredo Maneiro no escribió mucho, sin embargo en sus entrevistas, artículos de opinión y discursos que se han recopilado (Notas políticas, Ediciones El Agua Mansa) dejó pruebas de su agudeza mental, de su compleja genialidad política.
Anotar que Alfredo Maneiro fue un político más es recuadrarlo de manera simplista. Se podría argumentar que fue por sobre todo un pragmático de la política. Más que teorizar le gustaba vivir la política desde la piel y la entraña. No es casual que su tesis de grado abordara la figura nada cómoda de Maquiavelo. Para corroborar esto hay una anécdota, algo distorsionada por el trapicheo oral, que vale la pena relatar. Cuando Alfredo estuvo de vuelta en la vida mundana y silvestre continuaba conspirando. En ese trance consiguió una buena suma de dinero para adquirir armas. Viajó al exterior y realizó los contactos pertinentes. Durante el viaje conoció a un viejo impresor europeo que estaba rematando una maquinaria de impresión Heidelberg. Sin pensarlo mucho cerró el trato con el impresor. Compró un arma poderosa y terrible: una imprenta. Cuando los bisoños camaradas le reclamaban su falta de visión, Maneiro sólo exclamaba: “Ustedes no están en capacidad para diferenciar una K-40 de una lavadora automática”.
Las salidas retóricas y los malabarismos dialécticos de Alfredo Maneiro siempre fueron brillantes. Por lo general le preguntaban cuál era la ideología de La Causa R, y él respondía sin ambages: “Democrática en el sentido que le daba Marx: cuando el movimiento revolucionario conquista el poder, conquista la democracia. Ampliación y profundización de la democracia son los lineamientos ideológicos de La Causa R”. Por supuesto que todo era retórica de la más barata, pero Maneiro lo decía con tal convicción que pasaba como una verdad inamovible y plausible. La Causa R era un partido estalinista en su estructura que desconocía cualquier disidencia. En otra oportunidad le preguntaron sobre el programa de gobierno y Maneiro a una velocidad impresionante contestó: “La Constitución Nacional. Llevar a la práctica todo lo contemplado en nuestra carta magna sería un acto radical y revolucionario”.
Con respecto a los intelectuales, donde él se incluía, claro, escribió: “Los intelectuales quedarían libres de toda culpa si no fuera porque está entre sus responsabilidades la de contribuir a dar un giro a la situación de descomposición, fariseísmo, entrega, despolitización y frivolidad que sufre el país (...). Cuando la ideología —llámese petróleo, betamax, Miami o pobreza resignada— encandila hasta la ceguera al conjunto popular, alguien tiene que contribuir a detener la ceguera o despejar la ilusión. Y ese —¿cuál otro?— es el papel que le atribuimos a la inteligencia que queremos. Nada más ni nada menos que lo que nos exigimos a nosotros mismos”.
Nunca fue una casualidad que su tesis de grado se enfocara en Nicolás Maquiavelo, en el que confluyeron la teoría y la praxis política o, como lo escribió el propio Maneiro: “...Maquiavelo el político, secretario del Consejo y embajador, hacedor y deshacedor de entuertos, hubo de retirarse —o, de ser retirado, que ambas cosas fue el caso— de la escena de los hechos para entrar en el de la teoría (...). Maquiavelo no escribe sus memorias ni hace literatura testimonial... Al contrario, Maquiavelo intenta la síntesis de la experiencia de su época, trabaja en la memoria de la humanidad europea y lo hace con una economía, capacidad de abstracción y sobre todo, claridad de intención tal, que el resultado no sólo soporta la comparación con no importa cuál otro texto de la teoría política, de la filosofía de praxis o de la llamada filosofía social...”.
Maneiro, luego de salir de la clandestinidad, la cárcel y la montaña, no se retira tampoco a escribir su librito testimonial sobre su experiencia como guerrillero, no se deja ganar ni por la frustración, o la nostalgia, sino que teoriza, organiza, busca aliados y de esa manera prepara una nueva trinchera de lucha más acorde con los tiempos contemporáneos.
Fue un filósofo a su modo. Un Maquiavelo exquisito. Un inspirado del marxismo. Como intelectual estuvo siempre tratando de cambiar la realidad. Era un político culto. Un pequeñoburgués que fumaba puros y que leía a los clásicos. Fue un maestro del arte político en su más excelso sentido. Sus alumnos y deudos políticos son una mierda lastimera.
Le sobró inteligencia, claridad y visión. Entre tanta chatarra y hojalata retórica de los politicastros brutazos de hoy, habría que rescatar el metal reluciente de sus ideas y opiniones. Sus seguidores le deben una lectura más política que luctuosa. Para terminar, una frase de Alfredo Maneiro que a los politicastros de hoy, expertos en el camaleonismo o cambios de chaqueta, les va de perlas: “Tenemos que desconfiar de esos cruzados que van a Tierra Santa montados en la grupa del caballo Saladino, de esa gente que abotona el florete y hace digerible su reforma, de esos tardíos alumnos de Lampedusa”.

Sherezade en el barrio


Sherezade en el barrio

Foto: Yuri Valecillo

Gracias al señor Jaime, un singular librero e inusual vendedor de libros usados,  adquirí por una bagatela los dos tomos de “La mil y una noches”, impresos en la ancestral tradición artesanal y refilados a mano. La traducción es de Vicente Blasco Ibáñez, ese mítico escritor que murió con una buena cimentada fama, mucho dinero y que hoy todavía no caído en el olvido. Además la edición viene acompañada con una serie de ilustraciones a color que son ya una obra de arte en sí misma.
Como es lógico tengo este libro más como adorno y metáfora de la literatura como salvación. Lo Leí hace años en una versión corsaria y de bolsillo editada en la argentina. Luego he comprado ediciones menos espurias.
La historia principal, que es el tronco que sustenta la ramificación de  otros cuentos, siempre me resultó fascinante. La doncella Shahrazad (o Sherezade) decide desposar al Sultán para salvar a sus hermanas, a sabiendas que éste se casa con una doncella en la noche y a la mañana siguiente ordena que la decapiten. Shahrazad tiene, además de su juventud y belleza, una arma secreta: es una competente contadora de historias. Arte que quizá aprendió de los narradores orales, que por algunas monedas hechizaban y encantaban a los transeúntes en el mercado relatando historias fantásticas y maravillosas.
La estratagema de la doncella para sobrevivir es archiconocida. Narra una historia que atrapa la atención de Sultán y la deja inconclusa al despuntar el nuevo día. El Sultán si mata a la doncella no sabrá el desenlace de la historia y entonces decide esperar a la noche siguiente para conocer el final. Así durante mil y una noches Shahrazad fue narrando historias para llegar al día siguiente. En el entretanto el Sultán se enamora y entonces la doncella cuenta la historia de un Sultán desquiciado que cada noche desposaba a una joven y la decapitaba al día siguiente. El Sultán con horror comprende su infamia y desiste de su insensatez.
No creo en estadísticas, pero existe un alto porcentaje de personas que se han salvado gracias a la lectura y la literatura. En mi caso me crié en un barrio zona roja. Tuve la lectura como un medio eficaz para escabullirme de una realidad que te erizaba la piel. Por lo general andaba con un libro bajo en el brazo, especie de amuleto para conjurar los demonios de un mundo en la cual la gente se las ingeniaba para sobrevivir. Por supuesto que los perdedores de la peor calaña, apostados en las esquinas, me veían como una posibilidad, como una oportunidad que ellos habían perdido hace tiempo y me dejaban en paz e incluso de malas maneras buscaban brindarme protección.
El escritor Anthony Burgess dijo: “La cárcel está llena de hombres y mujeres que jamás leyeron un libro”. Leer libros y conocer historias también ayuda en menesteres más cotidianos. Hoy el mundo desde todos los ángulos quiere que nadie piense, quiere que todo el mundo se conforme con lugares comunes y mensajes publicitarios, quiere que estemos sujetos a la silla eléctrica de las directrices oficiales. La lectura amplia todos los horizontes ya que un hombre que lee es un hombre que piensa, duda y no se regodea en el conformismo. La lectura también comporta un riesgo por aquello escrito por Juan Villoro: “La lectura es como el paracaidismo: en condiciones normales la practican algunos espíritus arriesgados, pero en caso de emergencia le salva la vida a cualquiera”.
Quizá Don Quijote, Los Tres Mosqueteros, Leopold Bloom, Doña Bárbara y muchos otros personajes de ficción no impidan que la cizaña de la muerte toque el hilo de asombro en nuestra mirada, pero de seguro que a través de la literatura tenemos un oportunidad de ganarle un día más. Un nuevo día imprescindible para contarlo y que algunos otros necesitan con urgencia escribir. No por azar escribió Borges: “Pese a los infortunios y a los azares, a las metamorfosis y a los demonios, el caudaloso tiempo de Shahrazad nos deja un sabor que no es menos raro en los libros que en la vida. El sabor de la dicha”.
La dicha para mi fui estar tumbado en el sofá de sala leyendo historias de califas, ladrones y lámparas maravillosas, mientras en el barrio se entretejían las historias de ese mundo en el que la realidad a veces muerde grandes trozos de ficción como la señora Rosa que tuvo sola parto de morochos en su rancho durante una tenebrosa tormenta eléctrica y por esa razón la calle se llama El milagro, o de Hugo que se electrocutó manipulando cables de luz y después mucha gente decía haberlo visto luminoso y feliz por el barrio, o de Iris una lesbiana que en los carnavales asumía su rol femenino: labios rojos, falda corta y un escote sensual que volvía locos a los hombres de amor por ella.
Al final uno entiende que la vida sólo sirve para aclararle a uno los libros, que lo va situando en ese precipicio donde la lectura no es un peligroso salto al vacío, sino un espectacular viaje hacia la memoria y la imaginación.


viernes, 18 de septiembre de 2015

EL FRACASO COMO ESTILO



Foto: Yuri Valecillo.


EL FRACASO COMO ESTILO

Carlos Yusti

Tengo un amigo que es una extraña máquina para la producción en serie de fracasos. Es poeta, pero nunca ha resuelto publicar una plaqueta o un libro como es debido. Sus amigos lo han incluido en algunas antologías y en una que otra revista. Del resto sigue en el activismo del desaliño merodeando en bares de mala muerte y en algún café saca te aborda y saca su fajo de hojas sueltas garrapateadas para leer sus poemas, al tiempo que te gorrea los bebestibles y los comestibles.

Estuvo casado y era profesor en alguna universidad. Pero ahora vive solo y trabaja en lo que puede. Su actitud de naufrago recurrente le ha acarreado todos sus deslices existenciales. Ha ido de aquí para allá y la escritura parece ser su única conexión con la realidad. Aunque esto sea un poco impreciso. Uno lo mira y puede notar que está carcomido por sus pensamientos, que las ideas lo trabajan hasta la desnudez del vacío. Aunque parece un hombre confuso mi amigo está claro y quizá le sucede como a Clarice Lispector: “…] en fin, qué hacer sino meditar para caer en aquel vacío pleno que sólo se alcanza con la meditación. Meditar no tiene que dar resultados: la meditación puede verse como fin de sí misma. Medito sin palabras y sobre nada. Lo que me confunde la vida es escribir”.

El otro día me comentó que su novela estaba bastante adelantada y sacó de su bolso de tela una serie de cuadernos escolares. Sin duda tampoco la terminará y de editarla ni hablar.

Cuando de escribir (o cualquier otra actividad artística) se trata fracasar es una tentación bastante sugestiva. Se ha dado el caso de escritores que a pesar de poseer un dominio de la técnica son los eternos relegados. Son como dejados al margen de los premios, reconocimientos y demás prebendas del mundillo cultural. Si por una rara casualidad son celebrados (o premiados) sus cohorte de incondicionales pierde interés por sus rarezas y se diluye en esa fama de los 5 minutos de “otro más del montón”.

Mi amigo ha querido involucrarme en distintos proyectos de su autoría (editar una hoja volante con poemas y repartirla de puerta en puerta, diseñar una página web cuyas secciones estén vacías, elaborar una revista literaria que sólo contenga anuncios y publicidad, llevar a cabo una exposición/instalación de poemas sin terminar en las paredes de la sala). Siempre con estudiada sutileza  he rehusado en primer lugar debido a que intuyo en que él abandonará, con alguna excusa tremendista, el proyecto. En segundo lugar  por que su desinterés y morriña será tal que me dejará todo el trabajo a  mi solo.

A esta capacidad de mi amigo de no concluir nada le ha llamado el síndrome de punto final. Sus causas sicológicas son algo inciertas y no creo que sea un temor al fracaso o al éxito, sino mas bien una desazón sobre el resultado final, un mantener esa incertidumbre sobre la obra inconclusa. Esto me lleva a recordar esas esculturas aplazadas de Miguel Ángel, en las cuales las figuras hacen como un esfuerzo por salir del bloque de mármol (o de piedra) con una quieta furia. Por supuesto están algunas novelas de Franz Kafka que se quedaron como en el aire sin un final que las redondeara del todo. En nuestro país tenemos dos fracasistas emblemáticos en Rafael Bolívar Coronado quien firmó sus textos con más de 600 seudónimos; es decir que escribió mucho y nada al mismo tiempo. El otro fue Félix E. Bigotte un genio que se pierde e vista y del cual Francisco Javier Pérez ha escrito: “Infeliz por definición y fracasado por derecho, toda la fuerza de su esforzado empeñó se va a traducir en la más poderosa de nuestras intenciones sapienciales del siglo XIX que, habiendo ascendido a las esferas más alta, desciende para hundirse en el fango más bochornoso de lo ruinoso”.

La lista de escritores frustrados y que se suicidan al no encontrar editor no se conoce a ciencia cierta, si acaso uno pocos nombres logran colarse como el del escritor John Kennedy Toole que utilizó el monóxido de carbono luego que su novela fue rechazada por varios editores. Creyéndose un fracaso tomó la espeluznante resolución de abandonar este mundo un día de marzo. Hijo único y su madre para salir del pozo de la aflicción decide hacer las gestiones necesarias para publicar el libro. Luego de varios años de batallar logra que la novela se edite. El libro obtiene el Pulitzer y Toole el reconocimiento póstumo.

Mi amigo nada de suicidarse. Su temperamento tira más a la comedia, pero esta anotación del escritor Julio Ramón Ribeyro le cuadra a la perfección: “3 de marzo La sensación de fracaso en la que permanentemente me encuentro reside en haber querido establecer un compromiso entre los «placeres de la inteligencia» y los «placeres de la vida». He querido llevar una existencia intelectual, pero sin renunciar a las perspectivas de una vida holgada, cuando teniendo en cuenta mi escasa capacidad de acción, la obtención de uno de estos objetivos apareja el sacrificio del otro. De este modo, careciendo de fortuna y no poseyendo un gran talento, estoy condenado a ser un mediocre vividor y un escritor mediocre”.

En el fondo envidio a mi amigo. Yo tan preocupado por perfilar una obra, de tener un horario para escribir, de leer para aprender desde la practica de otros escritores ese quehacer con las palabras. Mi amigo sigue allí en la acera contraria, despreocupado de su obra, sin horario. Percibo en su actitud en que es poeta incluso a su pesar, pero no puede evitarlo y aparte de la conjura exterior, de ese imperceptible sabotaje externo él mismo escamotea su obra, se coloca obstáculos para que se le haga más sencillo borrarse. Ese bello texto de Matsuo Bashô podría ser su inexplicable tarjeta de presentación:

Al despedirme,
escribí algo en el abanico,
pero lo borré.

domingo, 30 de agosto de 2015

Grass y Galeano al oído





Carlos YUSTI



     En literatura los universos paralelos se tocan. Han muerto dos escritores distintos en cuanto a su literatura, pero bastante similares en lo referente al compromiso de la escritura; de esa escritura al servicios de quienes son demolidos y humillados por esa maquinaria implacable de la historia.
     Leí bastante joven Las venas abiertas de América Latina y aunque era un ensayo de ajuste de cuenta contra el imperialismo estaba también narrado que el libro se dejaba leer como una novela fragmentada. El libro era un compendio mágico y extraordinario de la historia de Latinoamérica siempre saqueada y vejada desde tiempo inmemoriales. El libro estaba lejos de ser un panfleto y con el devenir de los años se convirtió en un clásico con mucho veneno histórica y la mejor literatura. Escribió otros muy buenos libros marcado con esa impronta política de inteligencia, poesía y crítica en las que en ocasiones se asoma el periodista y el buceador de historias, pero de esas historias tachada de la memoria y de los libros de historia. Cualquier libro de Eduardo Galeano posee el estilo de inigualable literatura.
Galeano como pudo se aferró a un concejo de Juan Rulfo: “La brevedad la aprendió de Juan Rulfo, que le dijo: "Se escribe por la otra punta del lápiz, la que tiene la goma de borrar". Y sus libros son como un collage de historias breves, de apuntes escritos en volandas con la precisión y exactitud de esa metáfora oculta en la cotidianidad. De todas sus historias y anécdotas hay una que el propio Galeano narra en una entrevista: “A finales de septiembre, en Perú, una maga me leyó la suerte. La maga me anunció: "Dentro de un mes recibirás una distinción". Yo me reí. Me reí por la palabra distinción, que tiene no sé qué de cómica, y porque me vino a la cabeza un viejo amigo del barrio, que era muy bruto pero certero, y que solía decir, sentenciando, levantando el dedito: "A la corta o a la larga, los escritores se hamburguesan".
    Si Eduardo Galeano buscaba la síntesis Günter Grass era todo lo contrario. Grass era un polígrafo y sus novelas son extensas como en el caso de novelas como: El tambor de hojalata,  El rodaballo o Años de perro. Sus libros tomaban algo de los cuentos de hadas tradicionales, pero luego el retorcía y amasaba todo aquello con una verborrea galopante y fluida para hurgar sin miramientos en las heridas; para volver sobre esa historia que Alemania sólo desea archivar en el desván del olvido. Grass como fue un escritor que a su vez fue testigo de los entuertos políticos de su época y en por ese razón fue el secretario, en el sentido balzaciano, de un tiempo histórico polifónico bastante tentador para un escritor con incontinencia literaria. Grass al igual que Galiano quería disipar la niebla del olvido, quería echar sal de la mejor literatura sobre las heridas, buscaba destronar las mentiras en todos sus frentes e incluso ventiló sus trapos sucios sin el menor recato. Grass siempre tuvo en cuenta que a veces los autores son menores, e incluso en cuanto a calidad, a sus libros o como él mismo lo escribió: “Los libros son más complejos y sin duda más ricos, cuando no más listos, que el autor, que sin duda ha participado en su nacimiento con perseverancia y a menudo gimiendo como un sometido a servidumbres físicas, y que no obstante recuerda que el manuscrito, especialmente cuando parece logrado, se cuenta a sí mismo y conoce impulsos más fuertes que la ambición del autor, motor que sólo sirve para tramos cortos. Por eso no diré nada muy profundo acerca de mis novelas, relatos o incluso poemas, pero sí quiero desnudar por un instante el yo del autor y su vulnerabilidad, esbozar sus movimientos evasivos, pero también decir algunas cosas sobre las condiciones de la escritura: por ejemplo, sobre un atril que va cambiando de lugar, y ello porque durante más de veinte años he visto Dinamarca, o más exactamente la isla de Mon, como un lugar maravillosamente hospitalario en cuya apartada ubicación se ha instalado, al principio improvisado sobre cajas, pero ahora ya de forma bastante estable, uno de mis tres atriles. Está en una habitación más bien diminuta, con vistas a una amplia pradera que da paso a las dunas de la playa, pradera sobre la que, aparte de un rebaño de terneras que rumian la hierba y el tiempo, grandes y pequeñas poblaciones de gansos salvajes ensayan su migración otoñal en incansables maniobras de despegue y aterrizaje”. 
    En la escritura de Grass y Galeano la historia se fue imponiendo a regañadientes. Grass parece que siempre estuvo huyéndole, pero siempre la historia  volvía como una pesadilla o como Grass escribe: “Desde que la escritura se convirtió para mí en proceso consciente -entretanto han pasado ya cincuenta años-, la Historia, sobre todo la alemana, se me ha interpuesto. No había forma de esquivarla. Hasta las escapadas artísticas más audaces volvían a llevarme, una y otra vez, a su transcurso meándrico. Desde mi primera novela, El tambor de hojalata, hasta el último hijo de mi capricho, que lleva el posesivo título de Mi siglo, yo he sido su rebelde servidor”.  
     La literatura tiene su ritmo y creo en esa profecía de Grass: “En definitiva, la novela de todos nosotros debe continuar. E incluso aunque un día no se escriba o pueda escribirse o imprimirse ya, cuando no se disponga ya de libros como medios de supervivencia, habrá narradores que nos hablarán al oído,…” Narradores como Grass y Galeano que nos hablaron a ese oído indispensable de la memoria.


viernes, 14 de agosto de 2015

Fuera del Instituto Benjamenta




Carlos YUSTI

Desde la niñez hasta la pubertad uno se siente vigilado. Los padres, familiares y demás anexos de la sociedad sueltan tras tus pasos la jauría vigilante de las expectativas. Todos esperan que uno madure, termines una carrera, etc. En fin que uno sea “algo” en la vida. Te educan, recortan tus uñas de los malos modales de tu espíritu y te anulan. Al final solo queda una especie de resumen de ser humano con horario de oficina, un perro, una esposa, unas pantuflas e hijos (no siempre en ese orden), es decir como un hombre de bien.

Recordar a ese pobre chico de la novela de Herman Hesse, “Bajo las ruedas”, es inevitable. Hans Giebenrath, un adolescente de un pueblito rural cuya aplicación en los estudios le permiten ser seleccionado para presentar el examen de admisión en un seminario en otra ciudad. Luego de una extenuante preparación y bajo mucha presión sale airoso del examen y comienza los estudios. Conoce a otro estudiante, algo descuadernado, que lo ilumina sobre las posibilidades aleatorias de la vida. El joven se descarrila y envuelto en la depresión abandona todo. Vuelve al pueblo para convertirse en un bueno para nada que ya no despierta interés alguno. El otro personaje pertenece a una novela de Walser.

El escritor Enrique Vilas-Mata, ante la pregunta ¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado ser?, respondió: “Jakob von Gunten, de Robert Walser, es un personaje que entra en un instituto donde enseñan a los ciudadanos a ser unos rotundos don nadie, hombres sin atributos de este mundo actual. Todos somos Jakob von Gunten que me niego a decir, pero digamos que me contento con decir que yo soy Jakob von Gunten al servicio de ustedes, como siempre”.

La novela Jakob von Gunten tiene como escenario el Instituto Benjamenta. Un centro de enseñanza algo inusual donde el alumnado, admiten solo varones, aprende a ser obediente y a servir, cualidades que le permitirán a los jóvenes ser subordinados de otros y aspirar a trabajos subalternos. “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito”.

He leído en la Internet sobre un país (sin duda invento de algún internauta) que se jacta de ser un territorio libre de analfabetismo, que ha creado varias universidades como por arte de magia. No hay profesores, sino facilitadores que a través de películas imparten las materias. El resultado es que en un semestre se gradúa un arsenal de personas en periodismo, enfermería, etc. Hay que admitirlo; ese es un país con futuro ya que estos nuevos profesionales forman parte de ese club selecto del Instituto Benjamenta.

La explicación a todo este intríngulis podría estar en un sueño que tiene Jakob von Gunten: “…Soñé que me había convertido en un hombre muy malo, perverso, ¿cómo así?, no lograba explicármelo. (…) Estaba gordo y, por lo visto, las cosas me iban viento en popa. Anillos centelleaban en los dedos de mis deformes manos, y de mi barriga pendían, negligentemente, quintales de carnosa dignidad. Me sentía plenamente autorizado a impartir órdenes y dar rienda suelta a mis caprichos. A mi lado, sobre una mesa ricamente servida, brillaban objetos dignos de una voracidad y dipsomanía insaciables, botellas de vino y licores, así como los más refinados platos fríos. (…) En los cuchillos y tenedores se habían pegado las lágrimas de mis enemigos ajusticiados, y al tintineo de los vasos se unían los sollozos de innumerables desgraciados; sin embargo, las estelas de las lágrimas solo me hacían reír, mientras que los sollozos de desesperación adquirían un sonido musical a mis oídos. Necesitaba música para amenizar el banquete, y la tenía. En apariencia, había hecho excelentes negocios a costa del bienestar de otros, lo cual me producía un gozo profundo y visceral”.

Desde hace mucho rato que estoy fuera del Instituto Benjamenta y hoy solo busco desaprender todo lo que intentan enseñarme o lo que a regañadientes he aprendido. Además el aforismo de Gesualdo Bufalino puede servir como salvavidas para que no seamos otra cruz a la intemperie en ese cementerio de la educación formal como Jakob o el desventurado Hans: “Mi incompetencia en el vivir roza lo sublime”.
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Carlos Yusti (Valencia-Venezuela, 1959). Es pintor y escritor. Cofundador del grupo Literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Su última exposición conceptual fue La Tapa del Frasco, revista-objeto, 2015. Ha publicado Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994), De ciertos peces voladores (1997). Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007); Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (Ediciones del Perro y la Rana, 2007) y Poéticas del ojo (editado por El perro y la rana, 2012) que reúne sus textos sobre arte. “A la brevedad posible” (Libro-objeto, ensayos-2015. 80 ejemplares numerados). “Cartografía del tahúr solitario”, (libro-objeto que consiste en 40 cartas de baraja. Ensayos/2016. 150 libros numerados) En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión.

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