lunes, 29 de julio de 2019

Menos realidad y más ficción



Carlos Yusti

  La televisión convirtió la realidad en un ágora para la política subalterna de cachuchas militares y mesas demagógicas. De igual modo la transformó en un espectáculo de soberana villanía/medianía humana. Los “Reality Show” desnudan las humillaciones y abyecciones humanas de las que somos capaces en circunstancias determinadas. La realidad degradada a su máxima expresión amarillista para vender perfumes y detergentes.
  La vida diaria no le va a la saga a esos programas de realidad mediática y a veces es tan cruda y sin pizca de poesía que uno quisiera escapar por la madriguera del conejo. No es casual que muchos encuentren refugio (y en ocasiones consuelo) en la ficción novelesca. Cuando la realidad pasa por el cedazo de la literatura nuestro mundo ordinario se enriquece. Lo supo Alonso Quijano, quien después de leer varias veces su biblioteca, y en especial los libros de caballería que pintaban un mundo de heroicidades éticas, decidió armarse caballero para vivir la aventura de su vida y evitar en algo que el crepúsculo de la muerte no oscureciera su corazón. Leemos novelas para vivir esa aventura que permita zafarnos de esa estrecha realidad con horarios de oficina y todas esas requisitorias sociales a saber.
  Vladimir Nabovok en sus clases de literatura decía a sus alumnos que las novelas estudiadas no iban a enseñarles nada útil para ser aplicado en los problemas de la vida, que no los ayudaría en la oficina, ni en el ejercito, ni en ninguna parte, pero que podrían ser beneficiosas para que tomaran conciencia sobre esa textura interior de la vida, “pese a todos los errores y meteduras de pata”, la cual también es materia de inspiración y precisión. La novela como obra de arte inspiradora que permite a nuestra alma no perderse en ese filisteo comercio de sombras a pequeña escala, al decir de Lichtenberg.
  Mario Vargas Llosa escribe que los Amautas, especie de sabios escribas en el imperio Inca, eran los encargados de reescribir la historia a la ascensión de un nuevo emperador al poder. Todas las hazañas, construcciones, etc., que pertenecían al  predecesor pasaban a engrosar la historia curricular del nuevo emperador. Vargas Llosa escribe: “Los Incas supieron servirse de su pasado, volviéndolo literatura, para que contribuyera a inmovilizar el presente, ideal supremo de toda dictadura”.
  En nuestro contexto Bolívar (no la moneda, sino el héroe) ha servido a muchos de nuestros gobernantes, en distintas épocas, como muletilla para su demagogia discursiva y con ello legitimar con el barniz de un pasado heroico, sus desafueros y delirios en presente. Tratan de reescribir incluso la historia cambiando fechas y dándole significados nuevos a sucesos históricos para estos calcen  en una reescritura del pasado que los Amautas hubiesen envidiado.
  La lectura de novelas ofrece una oportunidad al discurso de la imaginación que sigue derroteros contrapuestos al discurso oficial encargado de maquillar la realidad con cifras y porcentajes tratando de amoldarla a sus mentiras, intentando que la realidad oficial prevalezca por encima de cualquier opinión contraria ya que la realidad oficial en grandes cantidades nos hará libres y felices. Las sociedades sucumben no por falta de recursos o por el quiebre económico, sino debido a que la imaginación entra en crisis, hace agua por todas p artes y el discurso del poder se instala en todos los resquicios de la vida. La imaginación es ese estrecho tragaluz por el cual asomamos todos los sentidos tratando de respirar un aire menos opresor, buscando escapar de la zarpa de la realidad construida sobre los cadáveres de muchos soñadores.
  Sin duda en la modesta página de alguna novela existe ese destello que permite iluminarnos a través de esa sabiduría singular escrita con los retazos de la vida cotidiana y esas manchas de la realidad creadas por la imaginación, siempre más trascendente y vital que la realidad ordinaria del día a día y de esa improvisada e inventada sobre la marcha desde el poder. Realidades que no podemos obviar cambiando de canal.

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Carlos Yusti (Valencia-Venezuela, 1959). Es pintor y escritor. Cofundador del grupo Literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Su última exposición conceptual fue La Tapa del Frasco, revista-objeto, 2015. Ha publicado Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994), De ciertos peces voladores (1997). Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007); Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (Ediciones del Perro y la Rana, 2007) y Poéticas del ojo (editado por El perro y la rana, 2012) que reúne sus textos sobre arte. “A la brevedad posible” (Libro-objeto, ensayos-2015. 80 ejemplares numerados). “Cartografía del tahúr solitario”, (libro-objeto que consiste en 40 cartas de baraja. Ensayos/2016. 150 libros numerados) En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión.

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