Carlos Yusti
La televisión convirtió la
realidad en un ágora para la política subalterna de cachuchas militares y mesas
demagógicas. De igual modo la transformó en un espectáculo de soberana
villanía/medianía humana. Los “Reality Show” desnudan las humillaciones y
abyecciones humanas de las que somos capaces en circunstancias determinadas. La
realidad degradada a su máxima expresión amarillista para vender perfumes y
detergentes.
La vida diaria no le va a la saga
a esos programas de realidad mediática y a veces es tan cruda y sin pizca de
poesía que uno quisiera escapar por la madriguera del conejo. No es casual que
muchos encuentren refugio (y en ocasiones consuelo) en la ficción novelesca.
Cuando la realidad pasa por el cedazo de la literatura nuestro mundo ordinario
se enriquece. Lo supo Alonso Quijano, quien después de leer varias veces su
biblioteca, y en especial los libros de caballería que pintaban un mundo de
heroicidades éticas, decidió armarse caballero para vivir la aventura de su
vida y evitar en algo que el crepúsculo de la muerte no oscureciera su corazón.
Leemos novelas para vivir esa aventura que permita zafarnos de esa estrecha
realidad con horarios de oficina y todas esas requisitorias sociales a saber.
Vladimir Nabovok en sus clases de
literatura decía a sus alumnos que las novelas estudiadas no iban a enseñarles
nada útil para ser aplicado en los problemas de la vida, que no los ayudaría en
la oficina, ni en el ejercito, ni en ninguna parte, pero que podrían ser
beneficiosas para que tomaran conciencia sobre esa textura interior de la vida,
“pese a todos los errores y meteduras de pata”, la cual también es materia de
inspiración y precisión. La novela como obra de arte inspiradora que permite a
nuestra alma no perderse en ese filisteo comercio de sombras a pequeña escala,
al decir de Lichtenberg.
Mario Vargas Llosa escribe que los
Amautas, especie de sabios escribas en el imperio Inca, eran los encargados de
reescribir la historia a la ascensión de un nuevo emperador al poder. Todas las
hazañas, construcciones, etc., que pertenecían al predecesor pasaban a engrosar la historia curricular
del nuevo emperador. Vargas Llosa escribe: “Los Incas supieron servirse de su
pasado, volviéndolo literatura, para que contribuyera a inmovilizar el
presente, ideal supremo de toda dictadura”.
En nuestro contexto Bolívar (no la
moneda, sino el héroe) ha servido a muchos de nuestros gobernantes, en
distintas épocas, como muletilla para su demagogia discursiva y con ello
legitimar con el barniz de un pasado heroico, sus desafueros y delirios en
presente. Tratan de reescribir incluso la historia cambiando fechas y dándole
significados nuevos a sucesos históricos para estos calcen en una reescritura del pasado que los Amautas
hubiesen envidiado.
La lectura de novelas ofrece una
oportunidad al discurso de la imaginación que sigue derroteros contrapuestos al
discurso oficial encargado de maquillar la realidad con cifras y porcentajes
tratando de amoldarla a sus mentiras, intentando que la realidad oficial
prevalezca por encima de cualquier opinión contraria ya que la realidad oficial
en grandes cantidades nos hará libres y felices. Las sociedades sucumben no por
falta de recursos o por el quiebre económico, sino debido a que la imaginación
entra en crisis, hace agua por todas p artes y el discurso del poder se instala
en todos los resquicios de la vida. La imaginación es ese estrecho tragaluz por
el cual asomamos todos los sentidos tratando de respirar un aire menos opresor,
buscando escapar de la zarpa de la realidad construida sobre los cadáveres de
muchos soñadores.
Sin duda en la modesta página de
alguna novela existe ese destello que permite iluminarnos a través de esa
sabiduría singular escrita con los retazos de la vida cotidiana y esas manchas
de la realidad creadas por la imaginación, siempre más trascendente y vital que
la realidad ordinaria del día a día y de esa improvisada e inventada sobre la
marcha desde el poder. Realidades que no podemos obviar cambiando de canal.

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